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EL CAMINO DE LAS PALABRAS.

Ahhhh... cuánto tiempo ha pasado, apenas me dejado caer por aquí, son muchos los pensamientos que he querido dejarte, pero las palabras no fueron capaces de llegar y acurrucarse aquí. Sin embargo, te he pensado innumerables veces. Te he mirado desde el silencio; y cada vez que lo he hecho, me has dejado un recuerdo entrañable, la memoria de algún sentimiento que me recuerda quién fui y quien aún sigo siendo. Fueron palabras que hicieron de este espacio su casa, que se convirtieron en momentos que descansan para volver a ser vividos de nuevo; eres el regalo inesperado que me devuelve siempre a un tiempo en el que el sonido que lo abarcaba casi todo era la risa. Pienso muchas veces en este espacio. Que sea inmortal, me digo. Que esté siempre aquí para darme perspectiva, horizonte y raices. Fui, soy y seré. _¿Seré?_ Me esperas y te busco, siempre. Hoy ha sido un día diferente; un día de amistad. Y necesariamente he tenido que recalar de nuevo aquí; a este lugar de reposo. Si algo son los amigos es eso, reposo. Mis palabras han necesitado venir a quedarse hoy aquí, quieren acurrucarse,  convertirse en este sentimiento que me empuja a escribir. Quieren hacerse recuerdo, quieren estar, que no se te olvide hoy. Te he echado mucho de menos. Mucho.

Y pienso en qué compleja es la vida, maravillosa y esperanzada. Qué dura y firme también. Siempre con sus curvas dispuestas a sorprendernos, a cobijarnos, y a dejarnos templaza; justo cuando doblamos la esquina ya estenuados, agotados, mermados... aparece ese hilo conductor, ese amigo, unas palabras o un blog. Cuánto tiempo ha pasado, y cuántas ganas de volver. Ahhhh... ese grito desgarrado y toda su esperanza. Nada está perdido, nada.

LA LÍNEA DISCONTINUA DEL TIEMPO.



Pasa demasiado deprisa. Es lo que tienen los ires y venires llenos de actividad. De repente, en un momento dado se detiene el tiempo, y te das cuenta de que desconoces algunas de las coordenadas de su escenario.

El miércoles llegué un poquillo más tarde del trabajo. Diminuta _que ya no lo es_ estaba en casa ya. Como yo me demoraba, se le ocurrió cotillear en una caja en la que voy guardando cosas insignificantes que van acumulando historias a los recuerdos de mi vida. Ella estaba maravillada. Encontró las notas que yo sacaba en parvulitos, las tarjetas de identificación de la universidad, tarjetas de biblioteca, tickets de viajes, fotos... Se reía con mis anécdotas, y se le notaba feliz descubriendo hechos que desconocía; esa presencia nunca imaginada de su madre aún niña, joven, lejana... Nos estuvimos riendo un rato, y anduvimos totalmente sumergidas en las historias que la memoria siempre anda presta a volver a contar. _Cuéntamelo, cuéntamelo otra vez papá, aunque sea repetido_ esa era yo. Una personita ávida a escuchar historias... una, otra, otra, la misma otra vez... Contar y escuchar historias, esa era la cuestión, el eje de toda relación. Y así lo ha heredado Diminuta....

Después, cuando ya cada una condujo la tarde a las tareas rutinarias_deberes y lectura_ aunque mi mente parecía estar centrada en un libro, lo cierto es que se sentía llena de perplejidad. Era incapaz de concentrarme en otra cosa que no fuera la imagen de la joven que fui; aparecía nítida y clara. Hasta esa tarde había sido el olvido. La vida vino a imponerse de una manera tan arrolladora que no tuvo posibilidad.

Me pregunto si el día de mañana esa joven silenciosa se llevará bien con la señora que aparecerá en el espejo cuando de nuevo se mire. Si ese momento en el que mire de frente al tiempo tendrá armonía, si esa señora sabrá ser esa joven sin perder la razón. Me pregunto si se llevarán bien. Si sabrán entender que la unidad que son ha tenido necesariamente que nacer desde este olvido absoluto que ahora existe.

Ha sido difícil reconocerse en el no-ser, ser este tiempo de olvido que es premisa para seguir latiendo. Saber que aquella joven no se ha ido nunca aunque en cierto modo ya no esté. Que permanece en la ausencia que soy con toda su imposibilidad. Es complejo sentir. Vivir. Observar el reflejo del tiempo.

Entonces pensé que la medida de nuestro fracaso, la medida de lo que no llegamos a ser, es el triunfo de nuestra alma. Y que por eso, sólo por eso, nunca morimos del todo, aunque creamos no existir.

¿Lo entenderá así la señora que un día me encuentre al mirarme en el espejo? ¿Sabrá aprehender entonces la joven que fue?

SIN PALABRAS.

 Escultura del artista eslovaco Martin Hudáček en homenaje a los no nacidos.


Impactante. Dolor y perdón. Es imposible no sentir ante la imagen un estallido en el alma que se torna dolor, vacío, soledad y las más absoluta presencia de no-consuelo. Esa escultura es un sueño, porque la realidad es de una soledad absoluta. Imposible el consuelo. Llanto y angustia frente a generosidad y perdón. Aborto vs. maternidad. _¡Ay, si pudieras venir con tu manita a rozar mi pelo!_.

Recuerdo entonces las manitas de mi hija rozando el mío, diciéndome con su vocecilla alegre en un día de tremendo cansancio y total rendición _ ¡Ánimo chica, ya verás como si vamos al tobogán del tubo te animas!_ .Para ella aquel lugar debía de ser el ideal, por eso me lo ofrecía como la solución a toda la tristeza que supongo tenía mi semblante por mucho que intentara disimular. Nos preparamos, cogí su manita en la mía, y hacia el tobogán del tubo nos encaminamos, me senté en un banco y me dejé llevar por la estampa que los niños representaban; con sus subidas, bajadas, caídas, risas, llantos y nuevos intentos. Me dejaba llevar por la presencia de mi hija, sus intentos, sus tropezones, su tesón. Y al volver, comprobé que era verdad. Que si vas de su mano al tobogán del tubo ya no hay problema, angustia o necesidad que puedan con tu alma ni rindan del todo tu semblante.

Y pensé entonces en la ausencia de todo consuelo. En 2010 se produjeron 113.031 abortos en España. Pensé en la atronadora soledad de cada madre, en su no posibilidad de ir con una manita en la mano al tobogán del tubo, en su soledad, fueran conscientes de ella o no. Pero el mayor dolor estaba  en las manitas que no irían jamás al tobogán del tubo, esas manos que siguen prestas a rozar el pelo de su mami para ser consuelo, las puedan sentir o no.

Es tremendo no comprender, porque esta ignorancia llamada aborto, también posible por el insondable miedo o el más puro egoísmo, lejos de ayudarnos, nos lleva a caminos todavía más angostos y tortuosos, nos oscurece el alma, nos achica el corazón, y nos convierte en parte de una sociedad mezquina. Lo pagaremos, porque siempre habremos de asumir las consecuencias de lo que somos, esa sociedad mezquina y demente, de la que soy parte y soy acción, que construyo con mis omisiones, aunque la sombra de una manita que no nos llegó a tocar jamás siga intentando ser consuelo.

CONDUCIENDO TODO EL VERANO.

Estaré por otras carreteras, en esas que me llevan a lo no vivido, y también sobre aquellas que me recuerdan lo que vivi. Estaré quizá perdida, pero no desencontrada. Estaré al lado de las personas que fueron y son el mundo. Conquistaré de nuevo el norte y el sur de mi alma. Quedarán muchas cosas por escribir, otras tantas por leer, otras muchas encerradas en la carpeta de proyectos futuribles. Habrá entradas de blog que no serán jamás escritas. Se quedarán sin ser narrados todos esos sentimientos encontrados y desencontrados con que la vida nos deleita y nos sorprende. También quedarán en silencio, esos sentimientos de dolor; aunque esto en menor medida, pues casi nunca se muestran prestos a ser compartidos. El dolor es siempre pudoroso en mi palabra.

Se quedarán muchas cosas en el tintero mientras me adentro más y más en las carreteras de mi vida. En esas que ocupan mi tiempo de manera saltarina, coloreada y al ritmo del verano. Dejarse llevar por una tarde de sol y agua. Por una parada en cualquier terraza con la clarita en una mano y en la otra el tacto de la amistad.  No habrá palabras, no sé si algo será dicho o si todo quedará silenciado; sólo sé que estaré conduciendo todo el verano. No estaré por aquí.

Hoy, demasiadas cosas habitan en la carretera, y bien sé que son efímeras, que no son eternas, y que un día desaparecerán. Estoy en la carretera. En ella habitaré hasta que llegue la mismísima presencia del desaliento, hasta entonces, estaré en esa carretera que me lleva a la presencia de la gente que yo quiero. Son tantas las carreteras de una vida. Estaré todo el verano conduciendo. No sé si habrá ratillo para hacer una parada. Si no fuera posible, os dejo desde hoy mi afecto, lo teneis de lleno, porque muchos de vosotros habeis conquistado mi corazón sin más. Sois tan reales como lo es diminuta aquí al lado mientras dibuja y escucha la radio. Como lo es el sonido de los abuelos mientras juegan a las cartas. Como lo es la intensidad con que el sol brilla y calienta este final de junio. Sé que sereis siempre recibidos con alegría donde yo habite; en cualquier escenario que acoja mi presencia podreis habitar. Mira que sois adictivos. Hasta pronto.


* NoSurrender y Sese; comienza la función. Voy por las cervezas.

EL TIEMPO MIENTRAS TANTO

Llevo una temporada así, como hacia adentro. Interpreto la realidad, y lo hago a mi manera. Estoy alegre, tengo infinidad de motivos para ello, pero lloro. Me ha dado por llorar. A saber, quizá en esas lágrimas está la impotencia que siento ante la necesidad de contar el mundo; el mundo tal cual yo lo veo, lo siento, y lo interpreto. La realidad que late a mi alrededor, cuando callo, cuando miro, cuando intento tender mis manos y sé que de nada sirve ya ese pequeño consuelo. El otro día, en plena guardia del hospital, el alma ya no pudo más. Y lloré, lloré sin consuelo, sin saber cómo aliviar la angustia que ello en mis compañeras causaba. No podía dejar de llorar.

Lo cotidiano me tiene absorta; y el presente, mi día a día, a veces me juega malas pasadas. Se hace evidente en mi mirada esa añoranza por el pasado y el fastidio por un futuro que se teme. Presentido el vacío que se sabe habrá, los sentimientos se adelantan. Y saben que necesariamente ha de ser como se imagina, porque vives con las esperanza de que así sea. He llorado a base de golpes de realidad. De la realidad que observo, analizo y que aunque no es mía, vivo y siento.

He sido capaz de imaginar que en el lugar de esas personas, estaba yo. Un día, quizá sea yo. Ellas no son ni peores ni mejore que yo, son como yo. Nadie se merece nada, y menos eso. Me lo digo una y mil veces mientras trato de encontrar un aliciente, un algo que pudiera ser motivo suficiente para remover un recuerdo, un sentimiento, una mirada. Así han transcurrido mis pensamientos en este enero frío y despistado. Desencontrado y revuelto. Angustioso y esperanzado. Vivir entre la realidad y la transcendencia. Y como siempre, la lectura, gran tabla de salvación, le ha dado la mano  a mis sentimientos llorones, desencontrados, e intemperantes. Y los ha rescatado, al menos un poco.

He vivido con miedo, dolor e interiorización de un posible otro en mí. He subido y  bajado el tono sin aviso; a ratos riendo, y otros, en un mar de lágrimas. Enero ha sido ciertamente cruel, pero me ha regalado la lectura. Y el sueño. Además de llorar y de leer,  me he dedicado a dormir, afortunadamente; cuántas veces me ha venido a rescatar el sueño en este tiempo desolado, y qué bien recibido ha sido por ello. Qué reparador  es dormir, caer sin sentido en la inconsciencia que es siempre cerrar los ojos. 

Me he sentido secuestrada por la vida de los otros, y no he podido evitarlo. Lo sé. No es profesional. Y tampoco he podido escribir. Tampoco. Pero hubo un libro mientras tanto; encontré la lectura para esos ratos que no lloraba, no reía, no escribía, no dormía. La lectura vino a rescatar mi impotencia, ese no encontrar palabras para lo observado, y me regaló una historia. Una historia que necesitaba encontrar escrita precisamente en este enero. Siento enorme gratitud por el personaje de Maria José, por su historia, por su presencia silenciosa, y por todo lo que a raíz de su silencio, la autora, Carmen Amoraga, ha sido capaz de narrar. No me resulta una historia desconocida. Sé que he conocido muchas Maria Josés. Por ello agradezco infinitamente esta historia. Por el consuelo que su narración inteligente es.

Admiro la capacidad de la autora para meterse en el escenario que es un hospital; especialmente  en esas habitaciones en las que la esperanza tiene como único sonido el de las alas suaves que alzan sin retorno el vuelo que es morir; sin estridencias, sin apenas ruido, absolutamente agotados y con tremenda paz. Un día, sin más, se van. Para siempre.

He llorado porque esa historia es la historia de muchas personas, y es también nuestra propia historia. Ese desconsuelo bien puede ser nuestro mismo desconsuelo; el del abandono, el propio y el ajeno; la presencia de todas esas guerras absurdas que decidimos abanderar cuando en realidad eran tan poca cosa; batallas que afrontamos voluntariamente y que convirtieron nuestra vida en una historia que nunca habríamos ni imaginado ni esperado tal cual es. Nunca. Y sin embargo, al lado de todo ese descalabro que es cada vida, siempre hallas recuerdos intensos que salvar; momentos inolvidables  que por sí solos mantienen el escenario que las rodea por muy caótico que sea.

La enfermedad no es algo que le ocurra a una persona; es algo que le sucede a todas las personas que quieren y aman a la persona que enferma. La enfermerdad le da un giro absoluto al sentir de los días. Eso lo puedes encontrar también en esta novela; la narración de un dolor inconsolable que nos transforma. Y aunque sabes que no hay consuelo, que es imposible el consuelo por alguuien que ya no está, algo imperceptible te rescata. Te saca de tu ombligo, de tu vanidosa mirada.

Y todo esto, todo, ocurrió en una noche. Una noche tranquila de guardia donde la historia que yo leía  tenía cara, ojos, biografía. Esa historia estaba en la habitación 417, en la 402, en la 405; aunque no se llamasen Maria José y no estuvieran allí por culpa de un tráfico. Un padre que echa de menos a su hijo desde hace 22 años; que se siente cansado, enfermo y agotado. Una madre, esposa, hija que sólo es de silencio, que no se comunica, pero que quizá lo reciba todo. Un hijo que tocas, pero que no te puede hablar y sólo mira, mira fijamente. Hay tantas historias en un hospital...

Y esa noche en que la ausencia y el vacío que es siempre la pérdida de un ser querido se hizo tan evidente, no pude más que ponerme a llorar, sólo veía en mis manos el imposible consuelo que es un vaso de leche templada. Porque a mis manos no se les ocurría nada más. No tenían, no sabían más. Mi impotencia se hizo evidente ante aquella figura grande, enorme y debastada que me decía con total tranquilidad que le dolía la cabeza; en ella estaba escrito el cansancio de siglos. Lo ví caminar y supe que nada era olvido. Que existen consuelos imposibles que azotan las almas para siempre. Y entonces, mi llanto, incapaz de ser reprimido, salió. Sin saber muy bien de caminos, mi llanto, admiró a quienes levantan sus pies para dar un primer paso despùés de la más absoluta de las derrotas. La vida, las más de las veces, no es como esperábamos, no. Pero en la vida, por eso mismo, la valentía es una evidencia que te arrolla, que admiras. Aquella noche lo ví.