DESMEMORIA.

  

No he vuelto a tener la mirada de la infancia, su irrefrenable avidez. No he vuelto a sentir lo que era no tener miedo, correr libre de incertidumbre y sentir sólo el horizonte. No he vuelto a correr calleja tras calleja detrás del chico que me gusta para hacerme la encontradiza. No he vuelto a pasar toda la tarde  muerta de risa con mis amigas y una bolsa de pipas. No he vuelto a saber lo que era sentirse en las nubes cuando sonaba una canción, o cuando tú sin esperarlo, doblabas la esquina.

No he vuelto a vender entradas para la disco, ni a hacer la fila del duro. No he vuelto a ser Scarlett. Ya no pintarrajeo mis cuadernos, ni los libros, ni guardo la foto del chico que me gusta entre mis papeles. No he vuelto a coger unas castañas asadas en las manos heladas, ni a chupar el frío de los témpanos arrancados a un tejado. No he vuelto a jugar al futbolín. Ni he metido moneda alguna en una máquina para que sonase mi canción preferida. No he vuelto a ser la muda. No he vuelto a ver aquel jersey rojo. No he vuelto a sentir las piedras picudas del río sobre mis pies, ni tampoco me he agarrado a tí para que no me arrastrase la corriente. No te he vuelto a ver.

Algunos sonidos han desaparecido. Me cuesta reconocer que aquellas cosas que me importaron un mundo, hoy, se están desdibujando por completo. Al ver esta foto, he sido consciente de que quizá, hemos perdido demasiadas cosas. Que ni el recuerdo sería capaz de llevarnos de nuevo al lugar que nos dibujó tan espontáneamente felices. Dichosa memoria, mira que es caprichosa.

REVELACIÓN

Y entrando, le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: “No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin”.


Nadie te esperó tanto, Niño Dios. Nadie puso tanto esmero sin dejar que se  le rompiera la esperanza ante los imprevistos. Nadie puso tanta alegría en una cuna tan humilde. Nadie dijo sí tan sencillamente, sin miedo. Nadie te ha amado más, Niños Dios.

Hoy celebro Tu Mirada sobre el mundo, sé que mi voz no tiene aquel eco que tuvo la voz de María cuando te acogió en sus brazos, cuando sonrió el verte en aquel pesebre tan humilde. Nadie como Ella al recibirte. Nadie.

Celebro este día. Que su Verdad no se me olvide el resto de los días que vendrán. Que no haya tristeza ante las dificultades, ni desesperanza. Que sepa ser tan siquiera un leve reflejo de aquella Sonrisa que te acogió con un sí tan rotundo y humilde. Que no se me olvide la humildad de tu Pesebre.


DESDE LA VERDAD, ESTO ES, SER POBRE.
NO PRETENDER QUE NADA NOS CUBRA DE ESPLENDOR, 
NI APARECER DE NINGUNA MANERA ANTE NADIE, 
APRECIAR SÓLO LO NECESARIO SIN DARLE IMPORTANCIA. 
IR RECTAMENTE HACIA EL CORAZÓN DE LAS COSAS. 
Maria Zambrano.


Al lado del Misterio, seáis creyentes o no, os deseo a unos felices días rodeados de las personas que más queréis. Y que la Luz de Esa Mirada envuelva vuestros días, la podáis sentir o no.



113.031




No es un simple número. Esa cifra contabiliza las biografías que en el año 2010 dejaron de existir. Les dimos la no existencia, la no posibilidad, el silencio, antes siquiera de poder pensar qué es lo que hubieran querido decirnos. Les negamos la palabra. Nos dimos la vuelta ante su derecho a ser. No fuimos capaces de crear un espacio en esta sociedad para su posibilidad, para construir lo que tenían escrito en las alas de su libertad. No les dimos opción para ser quienes hubieran querido ser; un inventor, un médico, una arquitecta, la señora que cuidaría de nuestros nietos con todo el amor del mundo, la persona anónima que un día pudiera tendernos la mano en un momento sorpresivamente inesperado, o simplemente, la última persona a la que mirásemos a los ojos o tocásemos la mano. Sin oportunidad de ser, se quedaron para siempre en su tiempo mudo. 

Lo que más me duele al pensar en esa cifra es el número real de embarazos deseados que incluye, y que por circunstancias evitables, se convirtieron en no-realidad, en pura ausencia de futuro. Cuáles fueron las circunstancias de la vida que no ofrecieron mucho más a esa madre que quizá, quizá, no hubiera tomado esa determinación de haber podido ser modificadas. Y lo que me gustaría verdaderamente saber es qué parte de culpa tengo yo en esas circunstancias. Porque me niego a pensar que la responsabilidad es sólo de esa madre que decide terminar con la vida que, sorpresivamente o no, ha ido a colocarse a su lado. Lo que ayer pensaba exactamente al escuchar el debate en la radio es qué parte me toca como ciudadana para poder lograr que una madre que desea su embarazo, no vea como solución el aborto de esa vida. Qué parte está en mi mano para modificar la sociedad, circunstancias o familia que no le dejan otra opción. Yo formo parte de esa sociedad, de los valores que la rigen, soy responsable de ellos tal y como lo soy de los valores que sostienen a mi familia. Y estoy obligada a pensar seriamente en qué puedo hacer para que un embarazo deseado sea posible, sea realidad.

El problema no es la ley del aborto. El problema real y al que hay que enfrentarse es a las circunstancias que hacen que una mujer vea esa ley como una posibilidad, como una salida. El problema está en la sociedad de la que formo parte, que no es capaz de construir una red sólida que consiga que una madre con dificultades pueda encontrar otro camino. Ayer, mientras escuchaba el debate en la radio pensaba en ellas, en esas mujeres que queriendo hacer las cosas de otro modo, no tuvieron fuerzas ni el respaldo necesario para ello. Y aunque no las conozco, lo cierto es que no he dejado de pensar en ellas. 

El ejercicio esencial de la libertad del hombre, la realidad de la dignidad humana, necesita de unas premisas de las que todos, absolutamente todos, somos responsables. Y ahí está mi parte, en lo que yo como ciudadana construyo o dejo de construir. Porque una madre que decide un sí rotundo a la vida, dice sí a un camino muy largo. La educación de un niño, además de a su familia, le compete también a la comunidad en la que ese niño nace; esta debería garantizar una serie de parcelas para que ese niño pueda vivir. Nuestra sociedad ha de ser garante de un estado de bienestar en el que la opción aborto no tuviera que incluir jamás a un sólo embarazo deseado. Y de esa sociedad cada uno de nosotros somos parte. No podemos mirar para otro lado...


EL MENTIROSO

Editorial Funambulista.



  _ Su marido estuvo un instante mirando fijamente el cuadro. Luego se dirigió a su esposa, se inclinó sobre ella, la abrazó de nuevo y comenzó a tranquilizarla: "¿Qué ocurre, querida? ¿Qué diablos ocurre?, le preguntó. Lyon oyó la respuesta.
_ Es cruel.¡Dios mío! ¡Es demasido cruel!



 La verdad, cuando se presenta de golpe, siempre es cruel. Nada es lo que parece. Nunca somos lo que queremos hacer ver que somos. Nunca somos esa máscara que tan laboriosamente hemos ido construyendo, seamos o no conscientes de ella. No somos ese traje que lucimos de cara a la galería. Sólo las personas valientes y libres son capaces de enfrentarse a la desnudez que toda verdad supone; y personalmente tengo la percepción de que en general, somos bastante cobardes.

¿Hasta cuándo el ser humano es capaz de sostener su propia  mentira? ¿Tiene el ser humano consciencia de esa mentira, o de tanto que la ha recreado termina por sentirla verdad? Cuando la mentira habita en el otro, en un ser querido; ¿qué es lo que nos empuja a mantener esa falsedad? ¿Qué es lo que nos incita a ocultar  la verdad que el otro es a nuestros ojos? 

¿Por qué el ser humano se convierte en especialista en ocultar la verdad, sea propia o de las personas a las que ama? El observador no deja de preguntarse, de intentar saber qué hay detrás de la  mentira. Algo le sale de ojo a todo observador cuando se topa con una no realidad, con una no verdad, con una realidad reconstruída con vete tú a saber qué intención; si la de plasmar en los demás una persona que sabes que no eres, o la de engañarse a sí mismo trantando de ocultar esa verdad que sabes muy bien sí eres. Incluso me pregunto si realmente existe consciencia de esta intención, o se trata de un compulsión que no sentimos. Así de patéticos podemos llegar a ser; desoconocedores e ignorantes absolutos de nuestra no-verdad.

De toda mentira, lo que realmente conmueve, es la verdad latente que trata de ocultar. Una necesidad que de seguir oculta, trastornará el alma. Esa necesidad que da respuesta a la mentira, será siempre una herida. Y se puede infectar. Tapar,  velar una verdad que es tan nuestra, o tan del otro, como lo es el color de los ojos, o el rictus de la sonrisa, es tan sólo el comienzo de un calvario del que quizá, nunca seas consciente.

De fondo permanece el espectador, ese yo que observa la mentira, que se pregunta cómo hacer caer la venda de quien mirando, no se ve, ni es capaz de ver a los demás. Es la eterna pregunta; ¿por qué reconstruímos nuestra realidad?, ¿por qué tratamos de construit una realidad que no somos? ¿A quién pretendermos engañar?

Henry James, autor al que he descubierto recientemente, me ha impresionado. He leído dos de sus relatos cortos. Es el espectador de la vida, de la vida-verdad. Es la narración de los sentimientos, de los constructos del alma, de todo aquello que sin saber que somos, somos a gritos, por mucho que nuestra alma crea que tiene otro sonido. Somos a veces lo no esperado, por mucho que se lo negemos a la verdad. A cada paso, sea una mentira o no, estamos gritando nuestra verdad. Otra cuestión es, si estamos dispuestos a escucharla o no. Si queremos estar del lado de nuestra verdad, o de la que los otros esperan. Si estamos dispuestos a tolerar la verdad del otro, o queremos reinventarla. Ese es el dilema; o lo que soy, o la reconstrucción de lo que quiero y no soy.

¿Por qué el ser humano tiene esa necesidad de mentirse y de reconstruir su apariencia de cara a los demás? ¿Tan difícil es ser uno mismo?

DEL SILENCIO





Te fuiste. No sentí tus pasos, no noté que se alejaban. Sólo hoy he sido consciente de que no estás. A veces no damos importancia a las miradas que son calladas, a su silencio, a toda esa forma de estar en el mundo que  las hace invisibles. No se la damos porque desconocemos la fuerza con la que sujetan nuestro mundo. Un día, ante el giro de los acontecimientos de tu vida, tiendes la mano y el vacío te enseña que ya no están. Entonces, vas repasando los numerosos recuerdos que han dejado en tu vida, te paras en esas pequeñas esquinas del tiempo en que coincidistéis al azar. Son más cosas de las que imaginabas; una melodía, una palabra, una forma de mirar, aquella película o esta canción. Y piensas que mientras te acompañaba, había una nota especial en la música de tu vida. Ahora, aunque echas de menos su silenciosa presencia, te dices que tuviste suerte.

PRIMER DÍA DE CLASE

"... se había fijado en él en el primer día de clase. Hubiera sido imposible no hacerlo. Era demasiado guapo para pasar desapercibido. Tenía el pelo castaño y mal peinado, los ojos grises, y una nariz y una boca tan bien proporcionadas que parecían fruto de un preciso cálculo geométrico. Era más alto que el resto de los chicos, y a diferencia de los otros, que arrastraban aún la torpeza de la adolescencia, él se sentaba erguido, en una postura propia de alguien mayor. Se había acomodado en una silla y leía un periódico deportivo, indiferente al jaleo de su alrededor.

El curso empezaba aquella misma mañana, y el aula estaba llena de chicos imberbes y alumnas recién salidas de la pubertad que miraban en torno a ellos con un fondo de susto en los ojos inquietos. Estaban nerviosos. Todos menos el chico de largas piernas y el pelo revuelto, que no estaba dispuesto a dejarse intimidar por las novedades, las chanzas de los veteranos ni la inminente presencia del catedrático que iba a darles la primera clase universitaria de su vida.

Aquel chico, en dos segundos, había sido capaz de conquistar su propio espacio en un lugar donde los demás tenían la sensación de estar de prestado."

*Texto de la novela La vida después, de Marta Rivera de la Cruz.



No sé qué tiene esta autora, su lectura es una sorpresa. Empiezas leyendo sus novelas tan tranquilamente, y acabas por no poder parar de leer. Sencillez, humanidad e incógnitas sorprendentes. Sí, creo que el hilo de su atracción bien pudiera ir por ahí. Todas las novelas que he comenzado de su mano, me acaban por encantar, aunque no sepa aún muy bien por qué. Ahora, regreso a mi lectura...

CUATRO ENCUENTROS

Henry James.
Editorial Funambulista


 «Sé más del extranjero de lo que se imagina —la honestidad de la señorita Spencer resistía incluso a eso—; quiero decir, gracias a las lecturas, pues he leído una cantidad considerable. De hecho, creo que he preparado mi mente para ello tanto como usted podría haberlo hecho. No sólo he leído a Byron. He leído historias y guías de viaje y artículos y un montón de cosas más. Sé que todo me va a encantar…»

... pero te faltó libertad, querida protagonista, te sobró miedo, y te quedaste en la comodidad del no actuar. Se está tan tranquilo en la rutina, en la no asertividad. Es así como muchas vidas, nacidas para ser una historia maravillosa, acaban siendo un pobre cuento que nunca se hubieran querido contar. Les faltó el coraje.


 ¿Qué hace que olvidemos nuestros sueños? ¿El olvido es consecuencia de una falsa culpabilidad, de una responsabilidad inventada o por el contrario es la resulta de un miedo pavoroso a asumir la propia libertad?¿Cuando nos olvidamos de nuestros sueños es por cobardía, por comodidad o porque simplemente  hemos negado la responsabilidad de ser? ¿Por qué aquello que puede ser  un cuento de hadas se convierte en una auténtica pesadilla? ¿Qué consecuencias tiene no entender la responsabilidad como algo esencial en nuestra vida? ¿Entender la libertad como el más necesario de los retos, qué lo impide? ¿Y nosotros, somos capaces de ver nuestra vida con la misma percepción? ¿Por qué nos negamos a vivir nuestra propia libertad? ¿Y qué barrera es la que le pongo yo a mi libertad cuando siento que mi vida ha dejado de ser la mía? ¿Y esa barrera es mía, o se la han inventado los otros y yo me dejo llevar? ¿Cuántas veces hemos visto esto en los otros? ¿Por qué las barreras de la libertad (tuya o mía) son tan díficiles de derribar? ¿Por qué es tan difícil ayudar a los otros en cuestión de libertad?

Cuatro encuentros es la dramatización de todas esas cuestiones, la narración de todo aquello que empezando como un formidable cuento de hadas, termina en pesadilla. Es una metáfora de las aspiraciones humanas, de todo aquello que ante la no responsabilidad, tiene denegado la posibilidad de ser. Y de cómo toda renuncia es un misterio. Ah, la libertad. Un reto de  misteriosos e ilimitados caminos, y de una fragilidad inmensa. Se necesita mucho coraje, esa es la gran verdad.

IRÈNE NEMIROVSKI

_ Qué extraño eres... Te han pasado cosas como para estar amargado y desencantado, y sin embargo, no eres infeliz, quiero decir, interiormente. ¿Me equivoco?
_ No.
 _ Pero entonces, ¿qué te consuela?
 _ La certeza de mi libertad interior,_ respondió Maurice tras un instante de reflexión_ que es un bien precioso e inalterable, y de que conservarlo o perderlo sólo depende de mí. De que las pasiones llevadas hasta el extremo, como ahora, acaban por apagarse. De que lo que ha tenido un comienzo tendrá un final. En una palabra, de que las catástrofes pasan y hay que procurar no pasar antes que ellas, eso es todo. Así que lo primero es vivir; Primum vivere. Día a día. Vivir, esperar y confiar.
 * Párrafo de Suite Francesa, novela de Irène Nemirovski.



Suite francesa es la mirada sobre el ser humano, sobre su comportamiento ante las circunstancias históricas en las que le es dado vivir. Es el hombre en sus infinitas posibilidades. El ser humano dibujándose como un ser único que sobrevuela por encima de cualquier ideología, nacionalismo o percepción del mundo. Es la libertad de ser por encima de la realidad que nos ha sido dada, y de cómo el sufrimiento, nos da la medida del exacto yo que somos. Ese yo que como decía Vitor Frankl, ha creado las cámaras de gas, pero también es ese se que ha entrado en ellas, musitando una oración.

Suite Francesa es una obra inconclusa, Irene Nemirovski no pudo terminar nada más que dos partes de las cinco que imaginaba. Le fue arrebatado su tiempo. Murió en Auschwitz, en 1942. Detrás de sus palabras se intuye  una persona inteligente, sensible, y capaz de mirar la vida que le rodea con la sabiduría de la distancia. Me ha conmovido su historia personal de una manera intensa. Y pienso en las historias personales jamás conocidas de Auschwitz. Y de lo necesario que es el no olvido, para conocernos un poco mejor; no, no somos tan grandes, ni tan sufridos, ni somos ejectures de una vida ejemplar. Yo al menos en mi circunstancia, sé que no lo soy.  La memoria del pasado delimita mejor nuestro presente, y con ello, nuestro propio ser.


Hay una verdad ineludible en su palabra; somos biografía. Somos consciencia, podemos ser excelsos, pero también absolutamente lamentables. Seres honestos o seres detestables que se van delatando en momentos clave. Personas que muestran su medida exacta en los instantes de crisis y necesidad. Es una novela profunda y conmovedora, de una sensibilidad latente, de una inteligencia sincera, y de una capacidad de observación exquisita. Un libro escrito por alguien que tan siquiera llegó a conocer el final de la atrocidad que le tocó vivir. Y la imagino, inteligente como era, musitando una oración...

Esta lectura ha sido un pequeño tesoro para este otoño que se ha presentado tan así; tan lleno de cosas, de quehaceres, de carreras y también, de lecturas. No es el primer regalo del otoño, ni será el último. La lectura vuelve a ser hoy, como esos pequeños pasos que sin apenas ser sentidos, nos encaminan hacia orillas comprensibles, hacia ese lado que es nuestra verdadera orilla, tan poco visible a veces en la retina del ojo que observa el día a día, sus carreras y sus prisas.

Sé que apenas estoy aquí. Escribir me resulta imposible. Quisiera poder transcribir todo eso que mi mente sujeta, todo lo que mi cabeza va procesando y que me temo quedará perdido. Sé que este batiburrillo de ideas y sentimientos diarios habitará en el silencio y en la no-palabra. No importa. También tenemos que aprender a desaparecer, a no respirar, a ser ameba. Es muy difícil a veces abrazar la palabra que sostiene eso que sentimos. Hoy, ese mirar una hoja en blanco y sentir la inconsciencia de las propias palabras revoloteando el pensamiento es mi presente, y parece una limitación. Pero sólo es apariencia. Esa palabra perdida que al no poder decirse parece un vacío vive conmigo, pero no la siento como  un lastre. Es simplemente mi silencio. Un no espacio para ningún hilo del que poder tirar. Aunque no esté y parezca perdida... sólo es silencio.

*Saludillos a todos lo que habéis estado por aquí, aunque yo apenas hubiera estado.

28 de julio

La felicidad no es un fruto que se recoja por sí mismo,
hay que hacerla, sostenerla, crearla, y aún más difícilmente, 
saberla recibir y recoger cuando llega. 
 María Zambrano.




 Hoy he recogido la felicidad que fui capaz de sostener, y aunque también hubo partes que no llegaron a ser, su peso hoy es liviano. 

REFLEJOS, ESPEJOS Y PERSONAS.

"Las contradictorias figuras que los demás reflejan de uno mismo, al darnos idea de nuestra multiplicidad, nos desalientan en el empeño de adobar una imagen única, servible para todos, y lloramos sobre los miles desconcertantes fragmentos de nuestra imagen rota. Pero, sin embargo, de abandonar el vano empeño de pegarlos una y otra vez, no se deriva ningún fracaso, sino por el contrario, la más generosa victoria a que un adulto puede aspirar; la de echar estos fragmentos al río, y aprender a vivir sin la guía de la imagen que con ellos se quería componer." Carmen Martín Gaite. Ritmo Lento.




Me gusta la valentía que toda transformación es, me gustan las mil caras del reflejo que tiene el ser humano; ese ser consciente de su evolución que no trata de enseñarnos un traje que las más de las veces o le queda grande o parece estar metido a presión. La suma de lo  que somos siempre es invisible. La verdad es ese traje impecable que permanece oculto y que de mostrarse por un instante, podría parecer asimétrico.

La libertad tiene mucho de eso; de idas y vueltas, de muchas dudas y pocas certezas, de cosidos y puntadas desviados, de asimetría y espontaneidad, de incoherencia y razón. El hombre es ese puzzle que hace de todas sus piezas algo mucho más grande que el propio puzzle, por mucho que esas piezas en ocasiones sean imposibles de casar. 

Me  atraen las personas que no sienten vergüenza de su reflejo, que no las recompononen, que se admiten tal cual han sido, y que a pesar del pudor sobre su vida, no están dispuestas a esconderla. La libertad es valiente. Son personas que no se esconden de su tiempo, de los escenarios en los que eligieron vivir, de los tropezones que dieron. Esas personas que no reinventan ante los demás el puzzle que late en ellos, que aunque incoherente, es su verdad más verdad.

La impostura puede ser una actitud del hombre, esa que no admite el pasado, y que por contra, está dispuesta a enterrar parte de su vida al olvido de los demás. Ahora que olvidar, el impostor bien sabe que no puede, simplemente se esconde. La impostura tiene mucho escondite, de cadena, de de falta de libertad; es ante todo la invención de un personaje. Vive siempre en el convencimiento de que el traje que muestra a los demás es impecable, pero corta como es, no se da cuenta de la rotundidad que los demás ven; un traje enorme, arrugado y a trazos descosido. Con su verdad inventada, se quieren muy mal a sí misma la impostura.

Yo, más que coherencia, quiero ser verdad, por muy asimétrico que me quede el traje. Y me reafirmo en cada uno de los reflejos que mi presencia es, aunque no casen. Incoherente como soy, admito el va y ven de mi existencia, porque ante todo, soy esa verdad que está en cada uno de los reflejos que veis en mi. La libertad quizá sea también esto; tener las narices de admitirse y poder querernos un poco más tal cual somos. 

A  tí, a tí tamtién te quiero libre, a pesar de tus incoherencias me gusta el traje que eres. Y ojalá, ojalá nunca cambies.

26 de julio


El espectador que haya seguido la obra de Leonardo da Vinci reconocerá este rostro eterno en su pintura. El mismo modelo que Leonardo emplea para esta Santa Ana será el mismo para el de su hija, la Virgen María. Es el rostro de la mujer ideal, pura, eterna, que se repite en una generación y en la siguiente como el Amor platónico, que no conoce el paso del tiempo y por ello mismo es perfecto.   Fuente: arteHistoria

SEGUNDA PARADA: UNA LECTURA.

Editorial Funambulista.




"Salió aquel niño del ayer amarillo con la caja de su infancia en la mano, anduvo y anduvo, y fue entrando poco a poco en el hoy, para siempre, mezclándose con la multitud".
_ ... y sabiendo perfectamente quién era._ Me digo.

Esta novela es una historia de miradas, de ojos que son espejo, del encuentro entre el que mira y se encuentra. Abuelo y nieto son profundidad emoción y admiración. En cada una de sus pequeñas  historias fantásticas se narra la vida. Esa vida que nos empuja, que nos asusta, pero que fundamentalmente nos apasiona. El abuelo tiene un mundo interior excepcional que sólo consigue ser narrado ante la mirada y presencia de su nieto A su vez, es en esos ojos del abuelo donde el niño encontrará el motivo para asomarse al mundo, en los que encontrará el espejo en el que un día, ya adulto, irá a mirarse. 

Esta narración es, fundamentalmente, una novela de encuentro y permanencia, de pasado que sustenta el futuro.

En ella descubres la espiral que el reconocimiento de la mirada es. Ojos que se encuentran, que se buscan, que se habitan y se guardan para siempre en la mejor estancia de la memoria. Miradas que se enlazan, intensamente. Abuelo y nieto son presencia; son un juego de espejos. Entonces recuerdas que todos habitamos el regalo de los ojos que un día nos precedieron, que estarán siempre a partir de ese día en que les sorprendimos  mirándonos y nos rozaron, que sorprendidos nos admiraron. Entonces sabes que sin un espejo así, nada de lo que te encuentres podrá ser verdaderamente contemplado, que no será de verdad. Darnius es ese abuelo universal, ese que mira, se admira, se reencuentra y sonríe pausado ante los ojos de su nieto.

Te dejas entonces acariciar por esa hermosa certeza; la de que nada se pierde, pues nada que ha sido mirado con vehemencia puede llegar a ser olvido. Lo que se contempla, se guarda en ese espejo que será siempre la persistencia de la memoria. Memoria es en lo que se convierte esa intensa mirada entre abuelo y nieto. Novela imaginativa, intensa, equilibrada, de palabra cálida y ligera. Entrañable. Párrafo a párrafo sobrevuela la ternura. Sonríe la presencia.Paseamos por anécdotas que nos dejan el esbozo de la risa, la caricia de la ternura, y la liviandad de las pequeñas historias que aunque sin desenlace, dejan un poso de serenidad. Algo eterno late detrás de ellas. Y aunque no sabes muy bien de dónde sale ese eco eterno, sabes que está.

Esta historia es un juego de espejos. Es la mirada del hombre cuando se busca a sí mismo. En ella está el hombre cuando sabe, certeramente, que sólo podrá conocerse si se mira en el espejo que es el otro, si permanece olvidado de sí mismo.

Pienso que todos habitamos el regalo de unos ojos; los ojos que un día nos precedieron. En nosotros permanecen esos que antaño lentamente nos miraron, nos aprehendieron; que sorprendidos nos admiraron. En nuestros ojos permanece siempre un regalo, eso inmortal que somos, eso desde lo que hoy nosotros también miramos. Sin un espejo así, nada podrá ser verdaderamente contemplado. Y pienso que esta es una historia de esas, de esas que son espejo. En ella late el eco de la eternidad; ese anhelo que habita en nuestra mirada para no morir del todo. Y la certeza de que ese espacio de eternidad se sostiene en el juego de los ojos que siendo espejo, recogen la medida de lo que yo soy.

José Julio nos deja una historia de espejos sostenida por la imaginación y la fantasia muda de quien sin escribir una palabra, habita en un mundo narrado.


PLENITUD

Se contagia tu mirada del ritmo de la carretera, el mundo deja de existir. Pasado y futuro se funden. Se mezclan lo vivivido y lo imaginado, también lo presentido. Toda tu vida es esa carretera. En ella, el origen inevitablemente atado al hilo que te une al futuro, ese hilo que cuando tú ya no estés, pueda decirle al mundo que has latido. Tu silencio es ese runrún que te acompaña, y también el sonido de esa diminuta que se ha quedado dormida hace un ratillo ya. Qué preciosa es. Tú y ella. Ella y tú. Origen. Y de repente, el pueblo en el que aún permanece la infancia de tu abuela. Quizá, quizá si el silencio fuera total, aún se pudiera notar la risa de niña risueña que es hoy tu abuela. Es cierto que no la conociste, pero la risa se la pintas así, risueña y tímida. Sigues rumbo hacia no se sabe bien dónde. Los viajes imaginarios son así, carecen de meta. Te dejas llevar por el ritmo de tu viaje, y descansas la mirada en ese horizonte inalcanzable que te mira. Un horizonte que siempre sostiene la figura de tu padre. Cuántas cosas te han salido al paso, te dices, y sólo es un viaje. Sigues en silencio, tu palabra se ha quedado muda. No importa. mientras exista una carretera en la que perderse, no importa. Eso te dices, mientras miras de frente un horizonte al que quisieras tocar. Leve, la carreterra cambia de rasante, recta, sin ninguna curva. Y piensas que así es la sonrisa de tu madre, sin estridencias, suave y ligera. El leve ronroneo del coche envuelve tu pensamiento, mientras, una niña duerme a tu lado confiada. Esa es tu carretera, y es tanto el equilibrio que sientes que has llegado a olvidar todos aquellos puertos que pasaste, la niebla de  días apagados y carreteras confusas, las curvas inesperadas que te sorprendieron. El origen del hilo y su continuidad te acunan mientras te dejas llevar lejos, lejos, lejos....


PRIMERA PARADA

La necesidad de lo eterno. Saber que nada se pierde; que esto que puedes tocar con tus manos hoy no será perdido para siempre. Ocurrió en la primera curva del camino, poco después de haber puesto en marcha el coche. Aparqué en un recodo de la carretera protegido por un árbol. Toqué la corteza rugosa de su presencia, y la quise firme en cada uno de mis días. Me apoyé sobre el coche, y su tacto me dio la seguridad de que todo se queda siempre. Que hay presencias eternas que te rozarán siempre el alma cada vez que el aire venga a mover tu pelo. Nada se pierde nunca, nada. Nunca la vida se pierde, nunca el tiempo es perdido; hay presencias que estarán siempre a tu lado.
* Para Lisset.


CONDUCIENDO TODO EL VERANO.

Estaré por otras carreteras, en esas que me llevan a lo no vivido, y también sobre aquellas que me recuerdan lo que vivi. Estaré quizá perdida, pero no desencontrada. Estaré al lado de las personas que fueron y son el mundo. Conquistaré de nuevo el norte y el sur de mi alma. Quedarán muchas cosas por escribir, otras tantas por leer, otras muchas encerradas en la carpeta de proyectos futuribles. Habrá entradas de blog que no serán jamás escritas. Se quedarán sin ser narrados todos esos sentimientos encontrados y desencontrados con que la vida nos deleita y nos sorprende. También quedarán en silencio, esos sentimientos de dolor; aunque esto en menor medida, pues casi nunca se muestran prestos a ser compartidos. El dolor es siempre pudoroso en mi palabra.

Se quedarán muchas cosas en el tintero mientras me adentro más y más en las carreteras de mi vida. En esas que ocupan mi tiempo de manera saltarina, coloreada y al ritmo del verano. Dejarse llevar por una tarde de sol y agua. Por una parada en cualquier terraza con la clarita en una mano y en la otra el tacto de la amistad.  No habrá palabras, no sé si algo será dicho o si todo quedará silenciado; sólo sé que estaré conduciendo todo el verano. No estaré por aquí.

Hoy, demasiadas cosas habitan en la carretera, y bien sé que son efímeras, que no son eternas, y que un día desaparecerán. Estoy en la carretera. En ella habitaré hasta que llegue la mismísima presencia del desaliento, hasta entonces, estaré en esa carretera que me lleva a la presencia de la gente que yo quiero. Son tantas las carreteras de una vida. Estaré todo el verano conduciendo. No sé si habrá ratillo para hacer una parada. Si no fuera posible, os dejo desde hoy mi afecto, lo teneis de lleno, porque muchos de vosotros habeis conquistado mi corazón sin más. Sois tan reales como lo es diminuta aquí al lado mientras dibuja y escucha la radio. Como lo es el sonido de los abuelos mientras juegan a las cartas. Como lo es la intensidad con que el sol brilla y calienta este final de junio. Sé que sereis siempre recibidos con alegría donde yo habite; en cualquier escenario que acoja mi presencia podreis habitar. Mira que sois adictivos. Hasta pronto.


* NoSurrender y Sese; comienza la función. Voy por las cervezas.

QUERER.

No sabría por dónde empezar, no sabría como agradecer todo lo que me ha sido dado de la mano de mis padres. Su presencia, cada uno de sus gestos ha ido a convertir mi mundo en un escenario más habitable, más cómodo, más feliz y sonriente. Lo han hecho cuando estaban delante y, sorprendentemente, también cuando no na estado. Esto último es lo que me desborda; que hasta cuando no se nota su presencia física, sabes que te siguen cuidando. De ello he sido consciente muchas veces ya, y me he preguntado cuántas veces más me habrán cuidado sin sentir yo que eran ellos los que estaban sujetándolo todo, como pilares indestructibles detrás de muchas de las cosas buenas que mi vida ha tenido. Porque son muchas cosas siempre, las que se quedan sin saber cuando una persona te quiere de verdad. Te quiere y está. Y de la mayoría de lo que hace por ti, ni te enteras ni quizá te enteres jamás.

El otro día en unos aparcamientos mi coche se petó. Sonaba la cosa a que pudiera haber fallado la batería, peeeeero... mis conocimientos mecánicos son nulos. Como quedaba muy bien aparcado, decidí que lo mejor era dejarlo allí. Nos bajamos del coche y fuimos a avisar a seguridad por si había algún problema en dejarlo hasta mañana por la tarde en que yo ya podría llamar al taller. Me dijeron que no había problema, así que nos volvimos a casa dando un paseo; hacía una tarde-noche preciosa. Por la noche, antes de ir a la cama, llamé a mis padres, y claro, salió a la palestra el suceso, porque de primeras estaba un poco agobiada por si se petaba para siempre, pero no, mi padre me dijo que por lo que contaba, podría ser de la batería casi seguro. Y así quedó la cosa; que yo llamaría al garage al día siguiente, y que quizá se acercaran ellos a pasar la tarde con nosotras. Mis padres no viven en mi misma ciudad.

Por la mañana, mientras estaba en mi trabajo, recibí una llamada, era de nuevo mi padre. Me decía que ya tenía el coche en el garaje. Pregunté si en el de siempre. Me dijo_ No, no, en el garaje de tu casa. Así que no te preocupes, era la batería, un cable_ dijo. _Ahora ya lo tienes listo_ .

A mí se me puso un nudo en la garganta porque sentí todo, TODO, lo que han hecho por mí a lo largo de todita, TODITA mi vida. Y pensé en todo esto que pienso ahora, en la invisibilidad del cariño, en cómo alguien cuando te quiere, te está queriendo. Que no hay más. Que dan igual tus desvaríos, tus desencuentros o tus fracasos. Para ellos eres y punto. Y claro, al colgar casi me pongo a llorar, porque sí, soy un excelente emoticono. Incluso un compañero me preguntó si ocurría algo al ver mi gesto por culpa de un nudísimo que sentía en las mismita garganta.

Y si miro y remiro a lo largo de mi vida las cosas buenas que tengo, esas que hacen de mi mundo una vida más fácil y alegre, si las analizo bien, incluso en la más alejada de la presencia de mis padres, encuentro un rastro de esa sombra que es su sombra de gigantes.

De esto ya he hablado muchas veces, sé que me repito, pero hoy me apetece volverlo a traer aquí. Con gratitud  por la magia de su presencia cada vez que los veo llegar a mi casa, habitarla, llegar a ella con esa confianza casi como de niños; sonrientes y cascabeleros. Me gusta su mirada alegre cada vez que me encuentro con ellos. Me contagia su presencia sonora cuando asoman por la puerta, cuando se presentan por sorpresa; es entonces cuando mejor sientes que aún  tienes la fortuna de ser hija, y lo sientes con deleite infantil, dando gracias porque aún late con fuerza la niña que todavía eres. Ante su presencia sabes que no se ha perdido nada, nada, aún. Sale entonces la gratitud a borbotones, tanta, que tu semblante cambia porque no aguanta tanta. Y lloras... sí, lloras. Lloras porque al lado de todo esto está tu miedo infantil, tu miedo a perder aquello que es todo tu mundo. Eso que te ha dado alas, eso que aún te sostiene. Y te sabes entonces esa niña que reconoces cuando tienes miedo, cuando estás alegre, cuando lloras... esa niña que lo único que quiere es ir a casa, a la casa de sus padres.

Cuidar, querer, gastar el tiempo en las cosas de otros, estar atento, dejar lo tuyo por lo de los demás, atender sonriente cualquier contrariedad; eso SON mis padres. Y no podía por menos que contarlo aquí... y allí, y en el otro lado, cual niña saltarina y alegre, mientras pienso en las cosas ricas que voy a hacer porque van a venir a pasar el fin de semana...

BELLA

... o la sorpresa de la vida.
La vida es inteligente, sólo se necesita un poco de valentía,
y cierta dosis de ingenuidad.
Después te sorprende.

HORAS LENTAS

Son necesarias las horas lentas; esas que entretejen los segundos entre los dedos de tus manos, entre los huecos de tu pensamiento. Ese tiempo pausado en el que vas tejiendo una historia detrás de otra; anécdotas cosidas que aparentemente nada tienen que decir. Que nada dicen si las cuentas, porque sólo tú sabes el brillo que hay detrás de cada una de ellas; qué risa las sostuvieron, qué lágrimas fueron a colocarse a su lado y qué ilusiones se fueron a perder con ellas. En las horas lentas de una tarde ves a la vida volver. El regreso de eso que has sido siempre, eso que escondido, pocas veces dejas salir y guardas como un tesoro. En esos silencios que hoy son lentos, estás tú. Arrogante. Desmesurada. Ingenua . Todo eso que permanece silente, presto a ser acariciado por un instante, por tan sólo un instante, está hoy contigo. Anécdotas de sueños perdidos, vida inesperada, ilusiones imposibles y caricias recibidas.

A veces las tardes de domingo son así. Lentas, de un ritmo casi imperceptible. Tardes necesarias para el descanso del alma, también del cuerpo. Catarsis. Sorpresa. La persistencia de la memoria. Un respiro de esperanza. Una posibilidad imprevista. Todo eso es una tarde de domingo. Como  un futuro inimaginable, sin perfil, pero que se siente propio. Esa esperanza que late en cada segundo de un tarde sin música, neutra, ese momento inesperado en que mientras colocas y descolocas horas, sale la sonrisa del porvenir y se posa sobre lo inesperado vivido.

Son necesarias las horas lentas; esas en que la vida viene a posarse en una leve sonrisa. Tardes en que te quedas con los segundos entrelazados entre los dedos,  con la esperanza hecha un ovillo de lana presto a ser desenredado. Y sonrío, ya por fin, cuando al tirar del cabo suelto, recuerdo que en breves instantes vas a llegar tú, diminuta.

Tarde de domingo, lenta, de espera. Siempre se espera el porvenir. Siempre.

EL INTERLOCUTOR NECESARIO.

"No sé hablar si no veo unos ojos que me miran
y no siento detrás de ellos un espíritu que me atiende".
MIGUEL DE UNAMUNO.


Encontrarlo es como un pequeño milagro. Estar a su lado, sentir que la maraña de los minutos es un hilo interminable, un hilo que ata la palabra a los sentimientos. Habitar el mundo que respira el alma y que muy pocas veces sale a darse. Regalo. Sentir la mirada de otro. Saber del significado de los silencios, del ritmo de la palabra, del sonido de un alma y de la hondura de su tiempo. Conversación. Estar. Hablar. Escuchar. Pausa. Darse. Recibir. Palabra. Habitar el sonido del propio mundo. Mirar el mundo del otro. Sonreír. Atrevimiento narrativo.

Tú y yo en cualquier escenario que se convierte en espacio habitado, sentido, presentido y animado. También esa conversación de presencia y silencio; el lugar en el que se recoge el eco  las palabras que un día inventaste.  He vuelto a tu palabra, a tu escritura, y en esta tarde de sábado tranquila, de luz , soledad y silencio, he estado conversando contigo. Hoy te encontré; eras mi interlocutor necesario.


PLASTICIDAD.

Ayer, mientras gastábamos las últimas horas del día en el parque, pude observar a los niños pequeños que jugaban mientras diminuta iba y venía con sus patines. Ví su empeño en intentar las cosas, y la naturalidad con que se levantan cuando se caen, una y otra vez. Diminuta ya no, diminuta cuando se cae de los patines, ya siente un poco de vergüenza. Supongo que eso es ir haciéndose mayor, por mucho que yo me empeñe en que se ría de las caídas siempre y cuando no nos lleven directas al hospital.

Ahí estaban los más pequeños, intentando hacer algo que a la primera no les salía. Caían y con toda la naturalidad del mundo se volvían a levantar. Volvían a caer. Se volvían a levantar. Naturalidad. Plasticidad. Interés. Empeño. En ningún momento miraron a su alrededor, tan embebidos estaban en su quehacer personal, con el único objetivo de alcanzar la meta. Cambiaban de estrategia ante los fallos, ahora iban por aquí o iban por el otro lado; por la parte de atrás de los columpios, cambiaban de estrategia ante el escalón, ponían un pie aquí, una mano allá, pero no cejaban en su empeño de conquistar el columpio.

Los adultos ya no somos así. Hemos perdido plasticidad. Si nos caemos, procuramos que nuestra caída no sea sonora, y pensamos que por Dios, que no se nos vea. Tenemos miedo. Quizá ni tan siquiera lo volvamos a intentar, ya no nos arriesgamos a ver qué hay por la parte de atrás del columpio no sea que las tornas vengan aún peor. No reintentamos las cosas, ya no vamos a por todas. Nuestro empeño se convierte en aire. Necesitamos preservar siempre algunas seguridades. Y madre mía lo que nos importan los alrededores; ese concepto que los otros tendrán de mí si me pillan en el suelo. Con tanto estrés, se diluye por completo el objetivo que tan claramente creíamos tener.

La madurez se asocia al crecimiento. Pensando esto ayer, mientras observaba a los más peques, he sonreído. Cuando pienso en la naturalidad que han ido a perder mis pasos con el caminar del tiempo, me pregunto en qué momento me perdí. En qué momento dejé de ser aquella niña que se ponía el mundo por montera con toda naturalidad.

En la infancia el mundo se nos ofrecía entero, como hoy, pero la naturalidad de nuestros pasos era de lo más emocionante y para nada enconrsetada. Pienso que una de las cosas en las que viene a parar la madurez, es en cierto agarrotamiento de la mirada.

INVISIBILIDAD.






Ese minuto de consciencia en el que no sabes muy bien a dónde ir a recostarte,
en el que tu alma habita sola y no sabe cómo acariciar lo percibido.
Luz y dolor.
Un instante de incertidumbre, de soledad, de silencio.
Allí tu alma invisible.
Y el azul del universo, todo en silencio.

HISTORIAS





"¿Qué es lo que hace que la gente desee oír una historia? Contar cuentos. La vida cotidiana de la gente común, como en Simenon. No hay otra forma de decir cómo es la vida, cómo el azar o el destino trata a la gente, que contando una historia. Es general, no podemos decir más que sí, así es como sucede. (...) Es como si fuéramos incapaces de vivir sin acontecimientos; la vida se convierte en un flujo neutro y apenas podemos distinguir entre este día del siguiente. La vida misma está llena de historias. ¿Por qué han desparecido los cuentos? ¿Son acaso los hechos abrumadores ocurridos en este siglo los que transforman los acontecimientos comunes y corrientes que le sucenden a uno en algo insignificante que no merece ser contados? ¿o será esa preocupación neurótica por el yo y que el análisis ha demostrado que no tiene para contar más que variantes idénticas?"
Hannah Arendt. (Párrafo de una carta dirigida a su amiga Mary McCarthy, mayo, 1971)

(...)

El libro se titula Entre amigas, y recoge la correspondencia habida entre Hannah Arendt y Mary McCarthy durante los años 1949/1975. Esta es la lectura que ha ido a recoger el silencio de mis finales de día, la lectura que me tiene secuestrada una vez terminadas la tareas cotidianas que entretienen y gastan todo mi tiempo. Después de todas esas cosas que se hacen durante el día, en las que se emplean tantas horas que no sabes muy bien a dónde irán a parar, me dejo secuestrar por la vida de los otros. Las horas que he vivido, sé que existen, que son la razón de mi estar en el mundo, por muy simples que puedan sentirse, pero bien es cierto que las horas de los otros, para mí tienen un valor incalculable; me ayudan a seguir siendo quien exactamente soy. Diferente. Concreta. Real. Muchas veces se necesita la vida sencilla de los otros para poder seguir siendo uno mismo. Por ello, nunca dejaremos de necesitar historias. Historias normales.

Estos días pasados me me he preguntado más de una vez a dónde iría a parar el sentimiento que se pone en cada tarea cotidiana, porque lo que es su realidad y sus consecuencias, se liquidan sin más. Por ejemplo, ya nada queda de las anchoas del cantábrico fresquitas con que invité a cenar a mis padres y a mi peque una de estas tardes; el tiempo empleado en la limpieza de anchoa por anchoa (quien ha limpiado pescaditos sabe de qué hablo). Lomito tras lomito fueron preparados y colocados en una fuente. Rebozados. Fritos. Y colocados listitos para ser engullidos. Total, la mañana entera si contamos que antes fui a la pescadería, que no vinieron solas. Hoy ya no queda nada, ni tan siquiera el eco, de la mañana tranquila en que fueron preparadas. O bueno, no, me equivoco. El eco sí queda. Y también la sonrisa de diminuta y mis padres cuando las degustaron. Puede que sea cierto, que nada se pierde. Por eso me gustan las historias sencillas. Por ello pienso que siempre se necesitan.

Y sin embargo el día a día pareciera carecer de interés, hoy pudiera ser que no interesa la vida cotidiana de una persona normal. Hoy si tu vida no es grande, ¿para qué necesitaría ser contada? ¿Es que ya no necesitamos historias? ¿Es que sólo lo extraordinario ha de tener la necesidad de ser contado?

Personalmente lo dudo. Quizá por ello soy tan propensa a leer diarios, correspondencias, vidas. Me gustan las biografías, las vidas de los otros, el relato de la vida normal de personas a quienes admiro, a quienes quiero, a quienes desconozco. El relato de historias normales me acerca al otro. Suelo tener la necesidad de leer la vida de quienes por alguna razón he admirado; sea por su obra, por sus hechos o por las circunstancias en que les ha tocado vivir. Me atrae la visión de esos otros que aunque contrarios, narran los hechos de su vida, hechos que a veces se parecen a los míos. Otras no, su vida es mi antípoda. Y aún así, el interés es eje, centro, necesidad de leer.

Me gusta el latido rutinario del alma en las palabras, quizá porque es lo que más nos me acerca al otro. Si hay algo que me parece extraordinario, es la vida sencilla de las horas. Las del día a día. La narración de una tarea que aparentemente insignicante, es el orden de todo un mundo. Me gustan esas cuestiones que una vez lanzadas al aire, engarzadas en una pequeña trama, muestran la relevancia de unos valores. En esos hechos está la exacta medida del amor que sentimos hacia las personas que queremos, por ello me gusta la rutina de los días, mi rutina, la de los otros. La vida de los otros, por sencilla que sea, es siempre un misterio más.

Pienso que quizá por eso mismo, los blogs más personales, esos en que puedes tocar un alma, son los que tienen tantos lectores. En ellos habita la vida, la vida normal. La de ellos, y puede que también la propia. Historias normales de horas sencillas vividas y contadas con extraordinaria viveza. Quizá ese sea hoy, el camino de la literatura. Esa necesidad de escribir que no tiene como acicate la economía, sino la simple necesidad de no perderse del todo.


"Vendrá la hora
en que las viejas heridas,
tanto tiempo olvidadas,
amenacen con abrirse.

Vendrá el día
en que ningún balance
de la vida, del dolor,
contará.

Transcurren las horas,
Pasan los días.
Un logro queda:
simplemente estar viva."
H.Arendt


PRESENCIA.


ESTAR CON JUAN PABLO II SIGNIFICABA AMAR EL SILENCIO.
 Stanilslaw Dziwisz. Cardenal de Cracovia.

INJUSTICIAS.


Esta pequeña ventana hoy se convierte en un homenaje a quien fuera una excepcional persona. A una mujer que tuvo claro el concepto de ser humano, que no se quedó impasible, temerosa e inmóvil ante un mundo injusto, cruel y abismático. Ella es el más fiel ejemplo de que si somos algo, es acción. Nuestras acciones nos definen

Sus pequeños ojos sostuvieron el mundo. Irena Sendler arriesgó su tiempo y decidió entregárselo a los más débiles, a los anulados, a los olvidados, a los desterrados. A todas esas personas que se vieron espoliadas, a las que se les arrebató incluso la dignidad. Su labor es una muestra más de que un grano de arena, puede construir el mundo. Su vida valiente no ha tenido el reconocimiento merecido, por eso quiero que mi ventana, en un pequeño gesto, se lo conceda.

En el año 2007  fue propuesta para recibir el premio Nobel de la Paz, pero no fue seleccionada. Se lo llevó Al Gore por unas diapositivas sobre el calentamiento global. Ojalá su presencia humana no caiga en el olvido, pues sin duda, su capacidad debiera ser ejemplo para los que vivimos en un mundo que sigue siendo cruel. Sirvan mis palabras de pequeño homenaje.


La vida de esta heroína ha sido llevada a la pequeña pantalla por la CBS en The Courageous Heart of Irena Sendler, donde ha sido interpretada por la ganadora de un Oscar, Anna Paquin.

«La razón por la cual rescaté a los niños tiene su origen en mi hogar, en mi infancia. Fui educada en la creencia de que una persona necesitada debe ser ayudada de corazón, sin mirar su religión o su nacionalidad.» Irena Sendler.

Irena Sendler salvó a 2.500 niños del Gueto de Varsovia.

CUÁNTAS COSAS SE PIERDEN.

Hoy, al ir a llevar a diminuta al cole, iba escuchando la radio ; hablaban sobre el maltrato a nuestros mayores. Me quedé angustiada y muda, pues como bien explicaban, se trataba de personas incapaces por sí mismas de realizar algún tipo de gestión para formalizar una denuncia sobre lo que viven día a día. Y pensé en la ingratitud a la llegamos,  y en esa persona que siendo ya mayor, tiene que verse así, tan mal querida y poco recompensada. Y pensé en cuántas cosas somos capaces de perder mientras creemos que vivimos.

Estamos ante una sociedad que tiene como uno de sus valores máximos la propia autonomía. Ser independiente, joven y vital es hoy un valor necesario. Si no eres eficaz, diríase que no existes, que ya no eres persona. Lo tenemos tan visto, que lo hemos asumido como si fuera algo natural no necesitar de la experiencia que tienen unos ojos vividos. Pocas veces en este mundo de carreras nos pasamos a respirar con tranquilidad de la mano de la experiencia que destilan unos ojos alegres, vivaces y ancianos. Está tan asumida la necesidad de ser útil que si no somos capaces de hacer, de dar, de conseguir, nos sentimos anulados y preferiríamos incluso no existir. No sabemos ya lo que es pasar una tarde lenta, sentida al lado de unos ojos callados, o de una conversación que llega de muy lejos. Nos olvidamos de estar al lado de nuestros mayores, no sabemos ya ver pasar la tarde y dejarnos mecer por las horas lentas. Ver pasar el tiempo despacio, lleno de secretos no imaginados en la mirada y en la palabra de tus padres. Pareciera una pérdida de tiempo, y sin embargo, emocionalmente es de lo que más te hace sentir que estás vivo. Así ocurrió, si recuerdas, en aquella tarde que sin más, permaneciste al lado de los tuyos. Pero lo hemos olvidado, y hoy lo que más importa es no ser una carga para nadie, sin saber, ni tan siquiera intuir, que hay cargas que valen un mundo. Que en sí mismas, son un potosí.


Cuando me pregunto sobre las causas que nos han llevado a estar así, no lo puedo evitar; pienso que nos hemos vuelto una especie muy egoísta. Ya no vemos como valor fundamental estar al cuidado de otra persona, sea tu padre, madre, hijo, hermana o sobrino. Las personas hemos perdido la capacidad de dar sin más, la capacidad de aprender a recibir sin más, la capacidad de estar al lado de alguien y cuidarlo. Tanto, que diríase que hoy nadie quiere a nadie. Que perder el tiempo en el cuidado de los otros es perder la propia vida. Que todo el mundo estamos obligados a no ser dependientes, a ser tremendamente prácticos y a no caer en el tremendo error que es pedir ayuda a alguien, o perder el tiempo sin rentabilizarlo en razones de consumo. Si hoy algo prima es precisamente eso; más que el ser, el tener.

Hoy, los hijos son una carga para los padres; he vistos niños que aguantan verdaderas jornadas maratonianas en la guardería porque sus padres al salir de trabajar, no se sienten capaces de estar toda una tarde con ellos, pendientes de ellos, y sin tiempo para sí mismos. _¡Qué rápido pasa la vida, pero qué larga es la tarde al lado de un niño pequeño! _ Lo oí un día en el parque, mientras observaba lo que hacía diminuta. No se tratade de un lamento, sólo era una constatación; son muy largas las horas de parque. Era una verdad como un templo, y también, la frase que mide el amor que por los demas sentimos. Y pensé en qué largas son también otras tardes; las de hospital, las de las consultas médicas, las de estar cocinando, las de...


Los padres, ya ancianos, también son una circunstancia agobiante para los hijos. No estamos dispuestos a perder nuestro "tiempo rentable" por estar al lado de unos padres que quizá se sientan solos, que aunque independientes, les apetecería estar un poco nuestro lado por comentar unas cosillas de aquí o unos cuidados de allá. Y viendo esta realidad, no dejo de sentir que las personas hemos perdido un poco el norte. Y que nos hemos perdido también a nosotros mismos en ese ir y venir de obligaciones absurdas que nos hemos impuesto.

Se trata de una pérdida esencial, porque la presencia de las personas, su magnificencia y su grandeza, viene tan sólo de su simple ser, de su sencillo estar. Independientemente de las circunstancias que nos toque vivir, del cómo me toque estar, o de lo que sea capaz de hacer, soy quien soy; y como dice el anuncio: "yo lo valgo". Cada uno lo valemos. Nuestros padres lo valen; un potosí.

Todo ello me hizo revertir en mi situación, en mi vida actual, en pensar que uno de los grandes valores que tiene mi casa, se hace enormemente evidente cuando mis padres están en ella. Haber conseguido el tiempo, la presencia para ellos cuando están, es un verdadero privilegio. No importa lo que necesitaban, pues a ellos tampoco les importó nunca darme lo que yo necesité. Todos necesitamos siempre algo. Pero hemos olvidado que todos también somos capaces de aportar algo. Si unas competencias se van, otras vienen. Y si hoy mis padres ya no pueden hacer lo que hacían, lo cierto es que su sola presencia es capaz de conseguir que yo no me derrumbe. Nadie hace que mi persona tenga más empuje que las personas a las que quiero. Soy consciente de que siempre, independientemente de como sea su estar, su ser aportará algo esencial a mi mirada; a mi sentir y a mi vivir. Son insustituibles incluso en sus deficiencias, y los quiero a mi lado a pesar de las mil limitaciones que mi tiempo, mi circunstancia o mi carácter me puedan poner.

Creo que hoy estamos un poco equivocados; nuestros mayores son cosa nuestra. No son un asunto que otros tengan que resolver. Evidentemente, tiene que abrirse el camino de la ayuda, pero los mayores, en esencia, le pertenecen a mi deber. Otra cosa es que estructuralmente se me ofrezca una ayuda para la gestión de su cuidado.  Nuestros mayores hacen nuestra la obligación de su cuidado. Sí, sí, OBLIGACIÓN. Obligación de proporcionarles aquello que por su limitación ya no son capaces de conseguir por sí mismos. Obligación a encontrar el tiempo necesario, la manera adecuada, y la solución concreta a sus necesidades crecientes. Estoy obligado a querer a quienes una vez, me quisieron más que a nada.

Lo cierto es que me dejó un poco mal pensar que en muchos hogares los ancianos sufren la agresión física, psicológica o verbal, de manos de quienes fueron un día las personas que más quisieron. Como especie, en ocasiones, somos lamentables.



HACIA EL PORVENIR.

Pilas cargadas; regresamos de nuevo a la rutina del curso preparando una estupenda carrera que será corta e intensa. Prepárate diminuta, cogemos carrerilla para que este trimestre corto y denso pueda ser vuelo, el peldaño que te alze un poco más a la meta que tú quieras, a tu sonrisa intensa y a tu libertad conquistada. Nos preparamos diminuta, pasaremos sobre mayo peleando, hasta que llegue junio intenso y su final nos pille bailando. Minutos sorprendidos. Triunfos esperados. Baile. San Juan. Entonces llevaremos a la hoguera todo aquello que ya no nos servirá nunca. Comenzará ahí el preludio de un nuevo reto, pero antes, antes viviremos el esperado verano.

Me reservo el último baile contigo, diminuta, al son de lo que más nos empuje, y en la firme convicción de que nunca olvidarás. Que volarás, lejos y alto. Que recordarás mis manos siempre cercanas, esas que cuando tu lo quieras, siempre estarán dispuestas a llevarte de nuevo a casa.

Diminuta no tan diminuta ya, comienza ahora tu esfuerzo, prepárate. Este junio nos pillará bailando en el último recodo de este trozo de camino. Reiremos. Y nos alzaremos a la conquista del sol, a la libertad del esperado verano, y a la brisa del viento, ese que remueve tus rizos y reaviva tus pensamientos.

La emoción empieza hoy, también el esfuerzo. Está en esta carrera, en este momento, en cada minuto de agenda que inscribe tu esfuerzo, en cada instante en que vences un "no quiero" o "no me apetece". Coge carrerilla, diminuta, en este momento inicias el vuelo.


Cause don't forget who's taking you home and in whose arm's your gonna be.
So darlin save the last dance for me.

SILENCIO.





ORACIÓN EN EL HUERTO
*Soledad y silencio.

PRENDIMIENTO.
FLAGELACIÓN.
CORONACIÓN.
ECCE HOMO.
NUESTRO PADRE JESÚS NAZARENO.
VERÓNICA.
EXPOLIO.
EXALTACIÓN DE LA CRUZ.
CRUCIFIXIÓN.
CRISTO DE LA AGONÍA.
SAN JUAN.
MADRE DOLOROSA.

EL ENCUENTRO.




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INCISO.
* Claro que como bien indica IRMA, la semanita en León puede ser mucho más terrenal, pellejera y canalla. Y es que la vida siempre tiene dos caras, siempre. Besos Irma.

RISAS Y PRISAS.

No todo está dicho ni está hecho, pero hemos avanzado tanto ya... Y tú diminuta, siempre habitas mi presencia como un contínuo ronroneo, incluso lo oigo en los días en que estás ausente. Te debo tanto diminuta...

LLegaste tú y la vida se convirtió en algo todavía más apasionante. Tanto, que no recuerdo ya la importancia que tenía mi vida en la otra parte que viví. Y te juro que era importante, diminuta, pero ya no la recuerdo con tanta nitidez. No recuerdo por lo que entonces sufrí, tampoco aquello que me hizo llorar. Hoy lo que es nítido es tu presencia, la alegría, la risa, tu sonido de cascabel.  También las alegrías pasadas, las de antaño. Lo que soy tiene inscrito siempre lo que quiero ser por tí, sólo soy capaz de conservar aquello que un día me hizo feliz. Yo también quiero mi alegría para tí. Para que tú la veas, te rías a mi lado, para que siempre sepas que estoy. Ese modo que tienes de estar en las horas de los dias me ha contagiado, esa manera de comunicarte con el mundo, con las personas, que es tan tuya, también forma parte de mí. Tú has hecho que no se pierda del todo. Tú la has rescatado.

A tu lado, revive la niña que fui. En tí está una parte de lo que soy, de lo que fuí, eso que me recuerdas con tu presencia, que no ha sido perdido a pesar de baches, desencuentros y pérdidas. Esa que eres tú, esa niña sonora que, hayamos pasado por un enfado o no, acaba convirtiéndolo todo en pura comedia. Porque mira que eres payasa, diminuta. Y entonces me recuerdas que yo también fui esa payasa. Mira que eres generosa, un auténtico solete en mis días. Eres la causa de que al final, todo no se haya perdido.

Regresas de tan sólo cuatro días de ausencia, y regresas enorme. A lo mejor en realidad no has crecido, pero yo siento que sí, y lo nota la casa también, quizá porque siempre se queda  pequeña cuando tú no estás. Regresas hoy y ya puedo presentir el eco de la alegría que tu presencia es. La niña mayor que ya eres. Y cuando me he querido dar cuenta, me he puesto a bailar tus canciones; esas que nos da la risa cuando nos ponemos en plan _¡¡ mamma mía!!_

Diminuta, estás dejando atrás la estela de tu infancia. Me cuesta, confieso que me cuesta enormemente tener que despedirme de ella. Algo de ello hay en lo difícil que está siendo este año para mí. Quisiera no poder dejar nunca esa manita pequeña que iba siempre de mi mano, con tu cuerpo pequeño dando saltitos para llegar a mis pasos de adulta. Y la manita allí, en el hueco de mi mano metidita, mientras lo querías mirar todo a tu paso.  Ahora cuando me das la mano, la agarro fuerte, pero ya no es tan  pequeña. En gestos así me doy cuenta que ya no eres la diminuta. Observo cómo tu mirada se vuelve severa, cómo es capaz de mirarme, y a tu lado, arrancar a reír a carcajadas porque la ironía, tu ironía, es como la mía. Y la ironía no es infantil, diminuta, la ironía es ya adulta. Habita en las miradas inteligentes, esas que ya han rodado, que saben del doble sentido, de los múltiples sentidos que las cosas de la vida pueden llegar a tener. Y eres lista, diminuta, a pesar de tus ceros en problemas. Qué grande eres. Qué grande en tus cosas. Si supieran de verdad la cadencia y el modo que tienes de moverte por los recovecos de la vida, a esos ceros le pondrían un uno a su izquierda. Pero eso el mundo todavía no lo nota. No lo sabe. Yo sí, y lo veo cuando estás en tus cosas, cuando me cuentas la interpretación de esas cosas, cuando te veo moverte en ellas, cuando con tu risa nerviosa de niña y tu aplomo de mujercita todo lo mezclas.

Te admiro en esos momentos en que crees que no te observo, cuando te acompaño a tus cosas y te metes en ellas sin saber que yo aún no me he ido. Adoro la mirada cómplice que nos cruzamos cuando algo nos sorprende en el mismo instante. Me gusta  llevarte conmigo y observar como te comportas, esa manera de comportarte que te convierte en una pequeña adulta, olvidada ya de todas esas tonterías que haces cuando estamos solas en casa. Me gusta verte envuelta en tu pequeño traje de mujercita, ese modo que tienes de hablar con la gente que me rodea, tus gestos de mujercita tímida y a la vez rotunda. Sonrío. Eres una mezcla de cosas tan bonita...

Siento una gran añoranza por tu infancia, pero ver la mujercita que asoma detrás de tu mirada es tan apasionante, tengo tantas ganas de descubrirla, que esa tristeza por el adiós de tu infancia se convierte en pura alegría por lo que está por llegar. Y por este presente que es hoy un puente hacia algo nuevo, algo por estrenar en tu mirada.  Eres el ser más maravilloso que la vida me ha podido poner al lado. Dirán que es pasión de madre, pero yo sé que no es cierto. Me encantas toda tú incluso en esas horas en que me pareces la más pesadita del mundo, incluso en esas horas en que me digo que ya no puedo más y que ya está bien. Porque mira que le he echado horas a tu presencia; tantas y tantas. Esas horas, diminuta, en mi memoria, son el mayor tesoro. El mejor, y también el más inesperado. Porque jamás pensé que alguien, pudiera llenarlo todo tan así. Tan como tú lo haces, tan rotundamente y con tanta alegría.

En un par de horas llegarás. Y no leerás esto, porque nos iremos corriendo al pueblo en el que tan felices somos siempre. Ese pueblo con el que te hago rabiar porque te digo que no es tuyo; aunque tu bien sabes que lo es. Que lo mío es de tí casi más que de mí. Anda que no eres lista, diminuta. No sé cuando leerás esto. Si lo dejo al aire es para que un día tú lo encuentres, para que sepas que detrás de cada una de mis limitaciones estaba siempre una gran pasión. Un gran cariño. Una gran emoción. Todo eso que me sale cuando tú me llamas, esa alegría que me desborda siempre que tu gritas ¡mamá! y mi mirada te busca.  Esos ojos tuyos oscuros que tienen todo el brillo del mundo. ¡Ay, diminuta!, qué mayor te estás haciendo. Cuánta emoción siento por tu mirada de hoy, esa que ya deja intuir la mujercita que serás, y qué difícil despedirse de tu infancia. Tenía ganas de contarte esto, porque entre prisas, tareas, y trabajo, se ha ido pasando el tiempo demasiado volando. Te quiero, diminuta.



EL OLVIDO, LA AUSENCIA Y LO INESPERADO.


He estado colocando papeles. ¡Madre mía, la de papeles que tiene una vida! Papeles del médico, del colegio, el hospital, las declaraciones de la renta, mil tipos de facturas, escrituras, hipotecas, resguardos bancarios, el ticket de la carnicería... Tengo papeles, luego confieso que he vivido. Ordenando y ordenando  me dí de morros con parte de los apuntes de mi vida. Los he metido en una caja impermeabilizada. Mientras los colocaba dentro he pensado que lo adecuado sería enviarlo todo al contenedor del reciclaje. Sin embargo no he podido. A lo mejor si tiras los apuntes de tu vida, dejas de existir, nunca se sabe. Me pregunto qué es lo que habita mi inconsciente que no me permite tirar algo que segura estoy de no volver a mirar en la vida. Y he imaginado a mi diminuta ya adulta, enviándolos ella misma al contenedor. Es lo que tiene guardar; que si no lo tiras tú, lo tirarán otros.

Y pensé que esos apuntes, bien reflejaban la vida. No por su contenido; fundamentalmente son de estadística y economía de la salud. También de empresa. Recuerdo la ilusión con la que empezé el máster y el curso de especialidad. Me gustaba. E imaginaba cómo algún día me dedicaría a esa especialidad. Nunca más tuve necesidad de revolver o regresar a esos papeles; mi ejercicio profesional en nada tiene relación con la economía de la salud, la empresa, la salud pública o la epidemiología. Ahí, en esa caja, se representaba parte de la vida; todos esos futuros que esperamos, futuros que no llegan jamás. En ella, toda la ilusión de aquella espera en el porvenir. Proyectos que colocaste en las estanterías, a los que de vez en cuando quitas el polvo y sobre los que nunca más vuelves a pensar. Ni pensarás. Y me digo, _ ¿por qué guardar tanto y tanto dato en una caja que se quedará ya para siempre en el trastero?_ Aun así, aun sabiendo todo esto, no la puedo tirar. Aunque como bien me conozco, el arrebato puede saltar en cualquier momento. Y no lo presiento lejos, esa es la verdad.

Esperamos, deseamos, trabajamos en un porvenir que luego nunca llega a estar en nuestras manos. Nos despedimos casi inconscientemente de proyectos que un día imaginamos con ilusión. Pienso que es curisoa la vida. En cómo hay deseos que se van olvidando, frutos que nunca llegan, y que se olvidan lentamente y sin dolor. Hoy, al ver y ordenar todos estos apuntes, he sonreído. Su olvido y pérdida jamás tuvieron una sensación ingrata. Son ese tipo de frutos que aunque esperados, no duele su pérdida. Se olvidan sin más. Sin tan siquiera ser conscientes de que un día fueron tu sueño. Esos son tus frutos olvidados.

Pensé entonces en esos otros proyectos esperados. En esas otras ilusiones y metas en las que se puso verdadero esfuerzo, emoción y tenacidaz. Una gestión de horas, trabajos y días que te llevarían a conseguir el objetivo anhelado. Mientras lo vivías no tenías duda alguna. Y así, te pasabas horas embebida por tu empeño, en tu esfuerzo, en todas esas horas que fueron a convertirse en nada. Todas ellas son el fruto no conseguido,  y su vacío aún hoy se posa en tu alma. La notas un poco coja a tu alma, cuando lo recuerdas.

La ausencia de frutos; esa es una cara de la vida. Después de todo el anhelo encuentras que ni tan siquiera te está permitido acariciar un atisbo de lo que deseaste, porque ya ni tan siquiera recuerdas lo que esperabas.  El dolor obliga siempre al olvido, la mente anula aquello que elimina su capacidad de renovación. Tampoco sabes en qué momento el olvido fue a posarse sobre tu mirada. Sólo sabes que olvidaste, y que a veces, todavía duele. Nada más.

Quizá sea ese olvido una manera de resilencia, de sobreponerse a las piedras de cualquier camino. Y aunque la ausencia de lo que esperabas aún la puedes sentir, tienes que ponerte a pensar en cómo ocurrió aquello, a preguntarte conscientemente eso de _¿qué quería yo entonces?, ¿cómo eran entonces las cosas?_  Eres consciente de la pérdida, pero olvidas su daño. Ya no duele todos los días. El tiempo siempre es consuelo. Con el tiempo es inevitable que aquello que perdiste, tenga sobre sí la pátina del olvido. Y sólo cuando el alma llora y no sabes exactamente por qué, rememoras esos frutos ausentes. Cuando me ocurre, recuerdo a Ana Maria Matute, a esa niña sabia. Los frutos ausentes tienen siempre un precio. Creo que son en sí mismos todo un misterio, una presencia que aún no sabría bien explicar.

Pero todo en la vida se equilibra. Llegan los frutos no esperados.Todo aquello que te sale al camino, aquello por lo que jamás luchaste, aquello que tu imaginación no alcanzó nunca ni tan siquiera a perfilar. En esos frutos inesperados está lo que esperabas, pero con unos colores y un brillo que por desconocidos jamás hubieras ido a buscar. La vida, nos descubre tal cual somos, nos sorprende, y le da un giro a toda nuestra arquitectura vital. Frutos inesperados sin los que ya no concibes la vida, presencias que te hacen pensar _¿cómo era la vida antes de esto?, ¿cómo podía ser vida sin ello?_ La vida se amplía, sonríe, grita. Eres feliz, sobretodo porque no lo esperabas. Así son algunos frutos. Incluso los más ácidos. Inesperados, vibrantes y necesarios. Frutos que te dan la medida de tu ignorancia, y también la medida de tu gratitud por haberlos encontrado.

En la vida hay de todo; frutos olvidados, ausentes e inesperados. De todos ellos, el latido más vibrante es el de los que por no esperados te sorprenden. Son los que tienen la condición inmediata de ser un regalo. Aquello que tienes, y que jamás de los jamases, hubieras esperado tener. Todo aquello que en un murmullo continuo  te hace siempre decir  _ gracias... gracias.... gracias... gracias... _.





*Toda esta retahíla tuvo su origen en la ventana de Ars Vitae.