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EL RITMO DEL MUNDO

Vuelvo, no quiero perder la necesidad de la escritura. Y si no se escribe, se vuelve a perder. Falta de tiempo. Cómo se nos escurre el tiempo entre las manos, levemente, sin percibir que se nos escapa a raudales. Y se nos va, todo ese tiempo del que disponemos se vuelve escaso, se vive simple, y de repente nos encontramos en senderos tan densos y largos, que cuántas veces nos hemos perdido y nos volveremos a perder; y con qué facilidad. Somos entonces como niños desorientados, solos y hasta enfurruñados.

Nos mantenemos entonces fuera del mundo-verdad, sufrimos la pérdida de nuestrade vitalidad. La discordancia de ritmos se hace consciente en ese mismo instante en que se mira a un otro. No acompasamos nuestro tiempo. Nos quedamos aislados, solos, egoístas. Cuánto se nos exige, de lo importante, y qué traicionero es ese correr en el tiempo. Se nos olvida lo fundamental, lo esencial, la permanencia, mientras desesperadamente perseguimos lo efímero. Eso que no valdrá nada cuando en el futuro miremos hacia el recuerdo que seremos.

Quisiera frenar el ritmo de mi vida, este ir y venir cumpliendo horarios y actividades que me dejan exhausta y me hacen sentir tan pequeña. Muy pequeña. Sobretodo cuando veo su grandeza, la de mis padres. Y yo tan perdida entre las obligaciones de este mundo, y ellos tan serenos, viendo como voy y vengo; adaptándose a mis carreras y siempre sonriendo a mi falta de tiempo, a mi ritmo rápido, turbulento. Cuántas veces me he perdido y desconcertada, vuelvo a empezar mi lucha contra ese tsunami que a veces es la vida.

Es un privilegio dejarse empapar por el ritmo pausado de la sabiduría, por sus alegrías sencillas, por su mirada brillante y serena. Regreso a casa con mis carreras de toda la mañana, mi indescriptible ritmo laboral que se me queda pegado en cada músculo, en cada fibra nerviosa, y de repente, el choque. Toda esa energía se estrella cada día con la mirada-verdad del mundo. 

No es fácil ese choque, me deja como una niña perdida, una niña que se pregunta sorprendida a dónde quiere llegar así, tan rápido. Llegarás a Ítaca... se dice, pero por favor, primero respira tu viaje, disfrútalo, tócalo con las manos en estos momentos en los que la presencia de tus padres es aún el todo. 

Descolocada, ubico mi cansancio, respiro hondo, y me digo: es tiempo de ritmo lento. Ritmo lento. Cuando logro imponer la cordura en la realidad que vivo, me convierto en un alma más del mundo, al lado de otra, y de otra... Ritmo lento. Ritmos acompasados entre personas donde la palabra se queda serena, atemperada, acompañada de un café, un bizcocho y muchos recuerdos y no pocos silencios de los que hablan, de los que gritan cariño. Habitas entonces, el ritmo del mundo. Ese que determinará para siempre la melodía de tu vida.Tu fortaleza. Lo que nunca dejará que te pierdas del todo.



UN TAMBOR EN LA LLUVIA








 "Cada mañana ¿dónde se va pensativa la primavera?"
Yosa Buson



Eso digo yo... ¿dónde se habrá ido la pensativa primavera?

Aquí, llueve y llueve...  el aire limpio se respira hondo. Viene bien que se haya escondido un poco esta primavera tumultuosa, esa es la verdad. Porque a pesar de la aparente tristeza que tiene siempre el gris, la mirada se entorna hacia los cristales llenos de gotas sabiéndose esperanzada; es capaz de sentir y brillar ante la pureza transparente del agua. Un alma no se anula así como así; quizá pueda sentirse desorientada, herida, perdida... pero siempre retorna. Al origen. Y vuelve a empezar.

Este día gris me ha traído al recuerdo del sonido de la gente valiente,del de los tambores resonando que le comunican a los soldados acorralados que sus compañeros ya están aquí. Que no lo han dejado solo. Y uno en verdad, nunca está solo, a pesar del gris.

Me ha venido muy bien tu ausencia, primavera, por fin comienzo a respirar. Y respiro tal cual soy. Hoy, en el que un día gris, me recordó el sonido de la risa que aún retumba en mi alma. Caray, la vida, qué manera tiene de ponerlo todo del revés, para que todo vuelva a ser la esencia de lo mismo. Esa esencia, que jamás querrías perder. Así que, de momento, voy a dejarme empapar por la lluvia... mientras oigo a lo lejos, un sonido familiar. Y volveremos a soñar de nuevo con imposibles. Ah... que tozuda, la esperanza.

*para ti, que sabes. Porque en mi gris, siempre hay un tambor que me recuerda que no, que ya no estaré sola.

REGRESOS.

El olor de la lana me devuelve a la levedad de lo que soy. Lo acabo de descubrir ahora mismo; cuando he puesto sobre mis hombros esa especie de mantilla-bufanda-chal que he estado tejiendo a ratos durante estos meses. Qué maravilla sentir su calor sobre mi piel ahora que empieza a dejarse sentir el frío; ese frío que aumentado, nos acompañará durante meses.

Lo tejí con una lana muy suave, de mucho pelo, que conserva aún el olor de entoces. Así olía la tienda de mi madre. Esos ovillos los había guardado ya hace mucho tiempo, cuando mi madre cerró la tienda. Me alegro de haber guardado todo aquello que me gustaba. Rozarlos con las manos, ir tejiéndolos, es uno de los placeres que me ayudan en este hoy que se me presenta complejo. Tejer es ir hilando pensamientos, recuerdos, proyectos. Tejer es adentrarse en la esencia que el alma, sin estar herida, presiente en el dolor agazapado que la vida guarda y también, en esa capacidad de equilibrio y paz que es ir dejándose llevar por el hilo. Tejer es una actividad con muchos matices; todos ellos serenos. Hay consuelos muy pequeños que son a veces la única salida. Así es este tacto hoy, como un retorno a la mirada serena, al equilibrio, a cada una de las puntadas que lo hicieron posible. Tocar esta prenda es retornar a ese mundo de verdades que a veces perdemos de tan deprisa que caminamos. Toca parada. Es otoño.

Comienza a sentirse cada vez más, este otoño. Cada otoño es el eco de todo aquello que termina; sin quererlo y a pesar del sol, hoy mi alma se ha levantado entre confusa y melancólica. Alegría y desesperación se arremolinaban en mi pensamiento. Entonces ha surgido la necesidad de dejarse llevar por lo leve, ser algo que no importa, hacer cosas sencillas que no nos enreden más la madeja del pensamiento. Sí, es cierto, la levedad del ser es un tesoro que no entienden los eficaces, las mentalidades perfectas, aquellos que tienen la economía y rentabilidad como meta. Yo nunca he sido así; para mal o para bien... quién sabe.

Sentada en el sillón he pasado por la piel de mi cara mil veces esta bufanda que me arropa; que con su olor, me ha llevado a la estancia alegre que fue mi infancia. Hoy decía Jose Luis Cuerda en twitter; "mi infancia me acoge con generosidad cuando la necesito". Yo pensé entonces que la mía también. Y por un instante he regresado a ella de la mano del olor de esta lana. Por ella dejo abrigar hoy mis cuitas, que me tienen un poco triste y desorientada. Que no saben muy bien, por qué caminos vadear o en qué mares afrontar la tormenta. Los regresos siempre son consecuencia de una especie de desorientación. Son la consecuencia quizá, de haber perdido pie. Siempre regresamos cuando estamos emocionalmente perdidos.

Vuelvo al calor que es sentir sobre mis hombros el tacto de esta mantita... y dejo volar al pensamiento. Hoy no quiero pesar; hoy quiero ser necesariamente, esa vaguedad de la levedad del ser. Y se me ocurrió dejarlo aquí... así, tan vagamente. Siempre se vuelve.

PALABRAS PARA UNA NIÑA DORMIDA.




Me pregunto dónde irá a quedarse mi voz cuando ya sea solo silencio. Si estará en el eco de las puertas de mi casa al abrirse. Si quizá lo encontrarás en las hojas de mis libros al pasarlas lentamente por tus dedos. Si estará en esa manta que tejí hace tiempo, o en esas hojas del otoño que te hacían tan feliz de niña. Cuando toco algún objeto que te gusta, lo hago asiéndolo fuertemente a mis dedos. Quisiera poder pegar en él un trocito de mi alma. Quisiera que cuando lo tocases, sintieras mi presencia. Sería un modo de estar contigo cuando mi tiempo ya no lo sea. Me gustaría que volvieras aquí, que mi pequeña ventana siguiera existiendo para ti. Que pudieras sentir mi alma al lado de la tuya en cada palabra, libro, canción... Quisiera que cuando sientas que el aire roce tu sien, pudieras sentir la fortaleza, la firmeza, y la valentía. Hay hilos invisibles, de palabras, de sonidos, de luz, de aire, de lana. Hay hilos necesarios, insustituibles, eternos. No pierdas nunca ese hilo, hija mía. Nunca. Porque es el que lleva enganchada la carcajada de tu infancia, tu felicidad de adulta, y la fortaleza de tu ancianidad. En ese hilo está mi mirada. Yo nunca te abandonaré, nunca. Tú sólo tienes que seguir el hilo. Te quiero. 


¿CÓMO ERA ENTONCES?...

Dicen que a través de la mirada de nuestros hijos recordamos nuestra infancia. Así lo creo. Al lado de Diminuta he vuelto a recordar la mía. Ahora, cuando ya está a tan sólo un paso de decirle adiós definitivamente a su infancia, también regresan algunas cosas de aquel tiempo en que yo era como ella. Si me pienso adolescente, irremediablemente me viene al recuerdo la tienda de mi madre. Me veo en ella eligiendo los colores más bonitos para hacer una labor, y recuerdo la alegría _y adicción_ que empezar una labor supone.

Hoy, cuando pienso en la adolescencia tranquila que viví, pienso que sin buscarlo, tuvo que ver en todo ello esa pequeña tienda de hilos, lanas, colores, labores que tenía mi madre. Cuando la tienda inició su andadura, yo tenía exactamente la edad de Diminuta. A partir de entonces cuántas horas le dedicamos sin que nadie nos dijera estar obligadas a nada. Ver todos esos colores era una atracción total, reconocer el tacto de cada especialidad, leer las revistas... aprender los trucos de cada labor, los giros de la lana, la sorpresa ante el desconcierto. Era dejarse arrastrar por la imaginación. Siempre salía perfecto aunque a priori estuvieras con tus manos y el hilo hecha un lío, pero si seguías las indicaciones de la revista, ¡voilá, estaba hecho!

Me quedaba absorta y maravillada ante las posibilidades que un hilo tiene en las manos de una persona. Observar, aprender y dejarse llevar fueron todo uno. Aprendí cadenetas, puntos enanos, palitos, palitos dobles, punto bobo, ochos, calados... ahora menguo aqui, aumento por allá, lo uno al cuello... Llegué a sentirme tan entretenida en aquel pequeño espacio que pensar en que tendría que idear el siguiente escaparate era todo un premio, el proyecto del mes; elegir el tema que pondríamos _ropita de bebé, labores del hogar, chaquetas, jerséis, gorros... _ las tonalidades, los complementos, hacer la prenda que expondríamos... Todo era emocionante.

Durante todo junio, a saber por qué razón, se me ha venido una y otra vez a la cabeza aquel tiempo. Veranos de labores, de piscina, y de primeras soledades. Me ha dado por pensar que quizá mi adolescencia no fue tan adolescente _dolorosa_  porque había encontrado una labor que me gustaba, que me entretenía, que me hacía sentir útil, que activaba mis neuronas... y sobretodo, que me hacía sentir mayor. Es curioso, quizá aquella pequeña tienda me salvó de los demonios que todos atravesamos cuando el mundo se presenta como un dolor. No otra cosa es adolecer. Y pienso que el dolor que fue el abandono de tu mejor amiga, el de no encontrar tu lugar exacto, el de no entender muy bien qué te pasaba... fue menos duro al lado de tantos colores, de tantas posibilidades entre las manos, y porque rodeándolo todo, estaba la presencia callada y amable de mi madre _hoy pienso que el silencio y la presencia es lo que  mejor consuela al alma_ pues no sólo me enseñó lo que sé, también me dio la libertad y confianza para hacer y deshacer labores, escoger los hilos y crear espacios de colores, imaginar muestras para hacer realidad el escaparate que mi imaginación iba creando día a día. Nunca dijo no a nada.

He pensado mucho en todo esto ahora que Diminuta empieza su andadura adolescente. Ojalá  pueda encontrar una labor que le aporte ese remanso de silencio en su inicio de adolescencia. Ojalá pueda ser posible para que no todo se alborote. Para que en el silencio de una labor, un cuadro o una lectura, la vida le deje el señuelo de la esperanza. No otra cosa fue aquel tiempo entre hilos y labores al lado de mi madre. Ahora, que lo miro en la distancia, lo veo totalmente claro. Fui afortunada por la esperanza que todos esos colores escondían, y por la presencia y el tiempo habitado al lado de mi madre. Puede parecer tonto, pero en realidad son esas cosas sencillas las que al final nos sostienen de pie. Qué buenos recuerdos me ha traído este verano.


RISAS Y PRISAS.

No todo está dicho ni está hecho, pero hemos avanzado tanto ya... Y tú diminuta, siempre habitas mi presencia como un contínuo ronroneo, incluso lo oigo en los días en que estás ausente. Te debo tanto diminuta...

LLegaste tú y la vida se convirtió en algo todavía más apasionante. Tanto, que no recuerdo ya la importancia que tenía mi vida en la otra parte que viví. Y te juro que era importante, diminuta, pero ya no la recuerdo con tanta nitidez. No recuerdo por lo que entonces sufrí, tampoco aquello que me hizo llorar. Hoy lo que es nítido es tu presencia, la alegría, la risa, tu sonido de cascabel.  También las alegrías pasadas, las de antaño. Lo que soy tiene inscrito siempre lo que quiero ser por tí, sólo soy capaz de conservar aquello que un día me hizo feliz. Yo también quiero mi alegría para tí. Para que tú la veas, te rías a mi lado, para que siempre sepas que estoy. Ese modo que tienes de estar en las horas de los dias me ha contagiado, esa manera de comunicarte con el mundo, con las personas, que es tan tuya, también forma parte de mí. Tú has hecho que no se pierda del todo. Tú la has rescatado.

A tu lado, revive la niña que fui. En tí está una parte de lo que soy, de lo que fuí, eso que me recuerdas con tu presencia, que no ha sido perdido a pesar de baches, desencuentros y pérdidas. Esa que eres tú, esa niña sonora que, hayamos pasado por un enfado o no, acaba convirtiéndolo todo en pura comedia. Porque mira que eres payasa, diminuta. Y entonces me recuerdas que yo también fui esa payasa. Mira que eres generosa, un auténtico solete en mis días. Eres la causa de que al final, todo no se haya perdido.

Regresas de tan sólo cuatro días de ausencia, y regresas enorme. A lo mejor en realidad no has crecido, pero yo siento que sí, y lo nota la casa también, quizá porque siempre se queda  pequeña cuando tú no estás. Regresas hoy y ya puedo presentir el eco de la alegría que tu presencia es. La niña mayor que ya eres. Y cuando me he querido dar cuenta, me he puesto a bailar tus canciones; esas que nos da la risa cuando nos ponemos en plan _¡¡ mamma mía!!_

Diminuta, estás dejando atrás la estela de tu infancia. Me cuesta, confieso que me cuesta enormemente tener que despedirme de ella. Algo de ello hay en lo difícil que está siendo este año para mí. Quisiera no poder dejar nunca esa manita pequeña que iba siempre de mi mano, con tu cuerpo pequeño dando saltitos para llegar a mis pasos de adulta. Y la manita allí, en el hueco de mi mano metidita, mientras lo querías mirar todo a tu paso.  Ahora cuando me das la mano, la agarro fuerte, pero ya no es tan  pequeña. En gestos así me doy cuenta que ya no eres la diminuta. Observo cómo tu mirada se vuelve severa, cómo es capaz de mirarme, y a tu lado, arrancar a reír a carcajadas porque la ironía, tu ironía, es como la mía. Y la ironía no es infantil, diminuta, la ironía es ya adulta. Habita en las miradas inteligentes, esas que ya han rodado, que saben del doble sentido, de los múltiples sentidos que las cosas de la vida pueden llegar a tener. Y eres lista, diminuta, a pesar de tus ceros en problemas. Qué grande eres. Qué grande en tus cosas. Si supieran de verdad la cadencia y el modo que tienes de moverte por los recovecos de la vida, a esos ceros le pondrían un uno a su izquierda. Pero eso el mundo todavía no lo nota. No lo sabe. Yo sí, y lo veo cuando estás en tus cosas, cuando me cuentas la interpretación de esas cosas, cuando te veo moverte en ellas, cuando con tu risa nerviosa de niña y tu aplomo de mujercita todo lo mezclas.

Te admiro en esos momentos en que crees que no te observo, cuando te acompaño a tus cosas y te metes en ellas sin saber que yo aún no me he ido. Adoro la mirada cómplice que nos cruzamos cuando algo nos sorprende en el mismo instante. Me gusta  llevarte conmigo y observar como te comportas, esa manera de comportarte que te convierte en una pequeña adulta, olvidada ya de todas esas tonterías que haces cuando estamos solas en casa. Me gusta verte envuelta en tu pequeño traje de mujercita, ese modo que tienes de hablar con la gente que me rodea, tus gestos de mujercita tímida y a la vez rotunda. Sonrío. Eres una mezcla de cosas tan bonita...

Siento una gran añoranza por tu infancia, pero ver la mujercita que asoma detrás de tu mirada es tan apasionante, tengo tantas ganas de descubrirla, que esa tristeza por el adiós de tu infancia se convierte en pura alegría por lo que está por llegar. Y por este presente que es hoy un puente hacia algo nuevo, algo por estrenar en tu mirada.  Eres el ser más maravilloso que la vida me ha podido poner al lado. Dirán que es pasión de madre, pero yo sé que no es cierto. Me encantas toda tú incluso en esas horas en que me pareces la más pesadita del mundo, incluso en esas horas en que me digo que ya no puedo más y que ya está bien. Porque mira que le he echado horas a tu presencia; tantas y tantas. Esas horas, diminuta, en mi memoria, son el mayor tesoro. El mejor, y también el más inesperado. Porque jamás pensé que alguien, pudiera llenarlo todo tan así. Tan como tú lo haces, tan rotundamente y con tanta alegría.

En un par de horas llegarás. Y no leerás esto, porque nos iremos corriendo al pueblo en el que tan felices somos siempre. Ese pueblo con el que te hago rabiar porque te digo que no es tuyo; aunque tu bien sabes que lo es. Que lo mío es de tí casi más que de mí. Anda que no eres lista, diminuta. No sé cuando leerás esto. Si lo dejo al aire es para que un día tú lo encuentres, para que sepas que detrás de cada una de mis limitaciones estaba siempre una gran pasión. Un gran cariño. Una gran emoción. Todo eso que me sale cuando tú me llamas, esa alegría que me desborda siempre que tu gritas ¡mamá! y mi mirada te busca.  Esos ojos tuyos oscuros que tienen todo el brillo del mundo. ¡Ay, diminuta!, qué mayor te estás haciendo. Cuánta emoción siento por tu mirada de hoy, esa que ya deja intuir la mujercita que serás, y qué difícil despedirse de tu infancia. Tenía ganas de contarte esto, porque entre prisas, tareas, y trabajo, se ha ido pasando el tiempo demasiado volando. Te quiero, diminuta.



ESPERANDO UN RESPIRO



Si apunta todas las tonterías que se le pasen por la cabeza, pronto encontrará algo que pueda creer de verdad.

MIGNON McLAUGHLIN




En tiempos de oscuridad,
el ojo empieza a ver.

ROETHKE.

DIFERENCIA

La riqueza de un sociedad tiene como base la diferencia que entre sí tiene cada uno de los ciudadanos que la forman. Mi identidad, (eso que yo soy, que tú eres), esa diferencia que es irrepetible (ese yo único que soy, lo soy únicamente yo), es la base de esa riqueza. Mi diferencia aporta algo que el otro no tiene. O lo que es lo mismo;  lo que me diferencia del otro y que veo en tí, es lo que yo recibo como un tesoro. Pienso que la más denigrante de las injusticias, y la más rotunda, es aquella que nos iguala. La igualdad es la más absoluta de las afrentas, pues no ve a la persona, a ese ser excepcional que todos somos en potencia. Os animo a leer el blog de Lola Montalvo. Os animo a leerlo siempre, pero hoy incido en ello especialmente. Clickar en la foto e iréis a la entrada que habla de Esperanza, una niña nerviosa que empieza su ser social; es su primer día de cole.

Gracias Lola, por una entrada tan mesurada, tan de la vida... y tan bonita.

Pincha en la foto.

EL OTRO LADO DE LA ESCRITURA.


Hoy ha sido una tarde de andar por la cocina, entre preparativos del menú de mañana y la cena de hoy. Siempre tengo la radio encendida, es una gran compañera de cuitas caseras. Estaba escuchando las noticias cuando una vez finalizadas, ha comenzado la retransmisión del discurso de Mario Vargas Llosa ante la Academia Sueca. Me ha dejado literalmente pegadita a la radio. Lo escuché en toda su integridad. Me ha parecido un discurso impecable; palabras que nos regalan un recorrido emocionante y emocionado por los recuerdos, pensamientos y mirada de este autor. Una lectura pausada que hablaba fundamentalmete de la pasión por la literatura, de la historia, de la persona que él es y de su mundo más familiar. Este fue su discurso. No voy a hablar sobre lo dicho, lo tenéis al alcance con toda su integridad, pero de lo que sí quiero dejar constancia es sobre lo que mi pensamiento fue hilando a raíz de haberlo escuchado.

En un momento dado, el escritor habla de la importancia de una persona, Carmen Balcells. Esto llamó toda mi atención. Menciona a esta persona como un garante rotundo de sus escritos. Carmen era la presencia que hizo posible que en España se publicaron sus libros. "Ella y otros amigos se desvivieron porque mis historias tuvieran lectores", dijo literalmente. Y yo entonces pensé que era la segunda vez que oía hablar de Carmen Balcells. Fue mencionada hace unos días por Ana María Matute, en una de las entrevistas que se le hizo a raíz de ser ganadora del premio Cervantes. La autora comentaba que quien le ayudó a salir de una depresión que le llevó años superar, además de su médico, fue Carmen Balcells, que ella fue quien  le animó a escribir Olvidado Rey Gudú. Y que eso fue la salida de un periodo doloroso y oscuro de su vida.

Entonces pensé en todas las personas que no escriben, pero que están detrás de los libros que tanto nos importan, que tanto nos atraen y necesitamos. Alguien, al otro lado de la escritura, hace posible que las buenas historias lleguen a nuestras manos, que las podamos literalmente tocar. Alguien que las promueve y consigue que tengan forma, que puedan ser leídas por nuestro pensamiento. Y pensé en todos los agentes literarios y editores que son capaces de arriesgar y que luchan por un autor, lo animan y lo publican. Pensé en  la editoriales que publican una historia porque creen que realmente merece la pena. Ellos, quienes las valoran, saben que hay algo en ella, un consuelo, una respuesta, una verdad universal. Y poco importa si el autor es ya conocido, simplemente saben que esa historia tiene un todo que merece ser publicado, aún a costa de saber que jamás será un best-seller, pues una cosa es el mercado de libros  y otra bien distinta la literatura.

Mentalmente hice un brindis por todas las personas que sostienen ese mundo que está detrás de la escritura; un mundo que no por silencioso, deja de ser complicado, difícil y arriesgado. Y sonreí... Agradecida por su valentía para descubrir y apostar por una historia y un autor. Pues de no ser por ellos, yo jamás hubiera leído lo que a mis manos ha venido en forma de libro. Y bien sé que sin esas historias, mucho de lo bueno que hoy soy, no hubiera sido posible.

Por estos derroteros se fue hoy mi pensamiento después de escuchar a Mario Vargas Llosa. Y pensé que Carmen Balcells ha tenido que ser una persona inteligente y sensible, de mirada profunda y lectura amplia, pues ha sabido encontrar en las palabras precisas lo que es esencia; aquello que hace que una historia pueda ser llamada literatura, una historia que necesariamente habría de ser contada. Se me antoja una persona de calado especial, de un talento para descubrir autores impecable, y además me la imagino sencilla. No sé por qué me la imagino así. Y recordé el amor por la literatura que hay alrededor de la escritura; en todas esas personas cuya labor es hacer posible un libro. Desde el editor y director editorial,  hasta la persona que finalmente embala lo libros cuidadosamente en cajas para ser enviados. Todos ellos son el eslabón que hace posible que nuestra mirada llegue a la literatura.

Por estos pensamientos anduve hoy; agradecida, sonriendo y escuchando el discurso mientras cocinaba. Por cierto, las doradas... exquisitas. Y el salpicón en su punto. No podía ser menos en manos de semejante compañia; la literatura. Hoy fue una tarde de provecho.