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PAUSA



Imaginación. Yo también la quise, en la mirada, en todo aquello que me dolía, en el segundo de mi tiempo en que la caída ya se percibía inevitable. Hubiera querido imaginar que todo lo que se intuía era una invención, que nada era real, que lo que se le estaba imponiendo a mi alma al final no sucedería. Pero sucedió. Y lo hizo con estrépito emocional, a pesar de ese semblante tranquilo, suave y silencioso. El dolor siempre es un contenido íntimo. Entonces busqué otra melodía en la que entretenerme, pero mi canción seguía viva ahí; tremendamente sonora y real. La barca que nunca naufraga no habría de ser la mía. Yo era un Titanic lleno de ilusión, magnanimidad, sentimiento y presencia de futuro. El futuro nunca llegó. La imaginación hubiera sido la posibilidad de poder volar lejos de ese tiempo propio, de los segundos que componían un todo de dolor. Pero la vida es así; y ese todo no podía ser apartado. Terca, inteligente y misteriosa, la vida se impuso con su realidad. No me concedió ni un instante de evasión, esa vía de escape que a ratos sería consuelo; la imaginación.

Tiempo. Segundos, minutos horas y días. Hoy ha regresado. Me siento a reposar las heridas y a mecerme en mi reencuentro. Estoy a mil estaciones de distancia de aquella otra que me vio partir. Me pesan aún los que se quedaron atrás, lo que se hundió con estruendo; pero mi temperamento no me permite quedarme a un lado, parar, apartarme o lamentarme. Acepto que cada cual es responsable del cada qué de su tiempo. Y el mío... el mío ha devenido irremediablemente hasta aquí. Y hoy por fin, ya puedo imaginar. Proyectar, Saldar mis deudas.

Qué incomprensible es la vida, me digo, y en ciertos segundos, incluso dudo de mi presencia. Pero es lo que hay. No me voy a engañar. Pongo y propongo todo mi empeño en nuevos proyectos. Mientras, aprovecho para que el viento de hoy me despeine un rato, me dé en toda la cara y me haga sonreir mientras invento lo que aún está por llegar. Hoy sí; imaginación. Y futuro; si Dios quiere.

AUSENCIA DEL YO.


A veces uno permanece desconectado de sí mismo. Nada de lo tuyo está en el ránking de lo importante. Lo necesario se ha puesto por delante, y demasiadas veces lo necesario no tiene nada que ver con tu propia persona. Pasas a segundo plano, y lo curioso es que permaneces ahí el tiempo que jamás habías imaginado ibas a estar. Ni siquiera el límite del tiempo te pone en sobreaviso. Lo desconoces. Sólo vives en presente; en lo que necesita hoy ser vivido, realizado o sentido. El tiempo carece de ruido. Y ese silencio, te devuelve la medida de tu mirada, y también, la de quienes te rodean. Te das cuenta de que algunas personas han desaparecido sin el menor ruido, y que otras se han colocado a tu lado sin haberse sentido. Lo curioso es no echar de menos a quienes se fueron y saber que los que están, es como si hubieran estado siempre. A veces sientes un pequeño aviso, a modo de añoranza, por los que ya no están, y agradeces tu pequeño rodaje a su lado. Sabes certeramente que la vida sigue, trepidante y sorprendente, y que tú, con la plenitud de la consciencia, te has dejado arrastrar en tu propio olvido. Mira que es inesperada la vida, también en sus olvidos.

ATREVERSE

Hazlo. Aquello que tienes metido entre ceja y ceja pero que no sale por los miedos que en el pensamiento se han quedado asentados. Piensa en lo que puede estar al acecho, aquello que por tu cobardía, silencias a cada momento. Atrévete. Hazlo públicamente. Nunca dejes que la palabra fracaso te anule. Que eso que late en tu interior por ser dicho encuentre las palabras necesarias para ser transmitido. Que a esa persona que amas no se le pase de largo tu mirada por la cobardía de no saber decir que te importa, por no saber hacerte notar a su lado. Que esa injusticia que te revuelve las entrañas no siga acunada más por el silencio. Pide perdón al amigo del que te alejaste, aunque nunca lo hubieras olvidado. Vete hacia el que se alejó, porque quizá lo esté deseando y no lo sepa. Da la mano a tus hermanos, a pesar de los errores, los enfados y los rencores; ellos serán quiene más consuelo te den en los momentos difíciles, pues son quienes mejor te conocen. Acércate a tus padres, porque siempre los tienes en el pensamiento aunque te dejes llevar por mil tareas, muchas de ellas absurdas e innecesarias. Atrévete a pensar, no te haces idea de lo que cada ser humano es capaz de encontrar dentro de sí. Mírate con valentía y pronuncia un sí rotundo a los ojos que son tus ojos, a esos que te devuelve el espejo cuando lo miras. Atrévete a ser, a ser tú mismo. Quien tú eres sólo lo puedes ser tú. El mundo necesita saber que estás ocupando tu exacto lugar. Y sólo una cosas es cierta; tienes la obligación de intentarlo. Atrévete. Hazlo.

COMIENZO DE NUEVO...

... y estoy hecha un trapo, ainsss. Creo que me voy a tomar unos días de respiro. No voy a hacer memoria de todo lo que he hecho hoy, porque lo que a estas alturas ya no me queda, es neurona-memoria para hacerlo. Hasta un ojillo se me cierra solo, sí. Y la tarea no ha hecho más que comenzar. Cierro episodio. _¿Año nuevo, agenda nueva?_ me lo digo bajito, pues bien sé que el 85% de la agenda no se puede alterar ni vapulear. Pero queda la ilusión de ese 15%. Puede ser muy exquisito un 15%, si lo piensas bien. Hay pequeños espacios que son todo un mundo. Ya lo creo.

Cuánto nos cuesta poner a punto la rutina, ese comenzar de nuevo hacia el devenir del día a día; verse de nuevo en una rutina estructurada, con sus horas, sus tareas, sus descansos. Hasta junio. Y aunque no quiero pensarlo, también es cierto que es mi reto. Un reto que empezó hoy. Y que por ser continuación del descanso y del libre albedrío, se ha hecho muy cuesta arriba. Pero me ha pillado con fuerza, paciencia y buen tono. Empiezo por elaborar un orden, un nuevo orden, de tan perdidito que se nos ha quedado durante estos días el anterior; y el orden empieza por lo físico. Poner la casa al día ha sido uno de los primeros objetivos. Y no cuento más, quien lo ha hecho sabe perfectamente de qué hablo, y quien no ha tenido que hacerlo jamás, pues para qué quiere saberlo, para nada. Que siga disfrutando de su suerte. De momento, me deleito en la palabra priorizar; siempre me hizo gracia la palabreja. Hoy, la llevo colgado a la chepa. A todo, todo, no da tiempo. Nunca.

El otro día he leído algo sobre la crisis, ese estar en crisis, tan hablado hoy, y en todas las esferas. Obviemos la política, de lo contrario, nos saldrá una urticaria invalidante. Y me paré a pensar en el meollo que implica siempre ese estado de permanecer en crisis. Y lágrimas, muchas lágrimas. Leí el otro día algo así  como que la crisis, es la muerte de algo viejo que no ha muerto del todo aún, y el surgimiento de algo nuevo que no acaba de nacer del todo. Hete ahí la cuestión. Empieza el año y yo me siento tal que así; en plena crisis. Me he puesto manos a la obra y he empezado por el orden físico; verificar exactamente qué cosas sobran y qué cosas siguen siendo necesarias. Y de ahí, se pasa al qué pensamientos son fructíferos y cuáles deben ser necesariamente abolidos. Intento también detectar cada uno de los sentimientos que se me enredan y que han conseguido en algún momento acogotar a la razón y al corazón. Y escribo, me reservo media hora para escribir.

Los comienzos son el aplauso ante el escenario y la obra que en él se ha desarrollado y que se da por finalizada. Periodo cancelado. Empieza un nuevo tiempo. Y no sabes muy bien ni cómo, ni por qué ni cuándo ha sucedido. Algo late por ser nacido y algo se siente morir. Dolor y expectación. _Eso es estar en crisis, sí_ y me lo confirmo por si a la duda le da por aparecer y hacerme pensar que se trata de un sencillito bache. Ese aplaudir e ir a cerrar para siempre un escenario, una mirada, esa manera en cómo el pensamiento se dice a sí mismo que ahora es el comienzo, y ahí la notas, esa es tu crisis. Ya no puedes mirar igual, aunque aún no sepas muy bien ni cómo miras. Y sabes que se necesita aire, tiempo, orden, y ventilación; de los armarios, del escenario y de la psique. 

Me gusta dar largas caminatas cuando el tiempo se ha bloqueado. _A saber en qué acabará todo esto que hoy comienza_ me lo digo algo extrañada, pero allá voy. Decididamente, la vida tiene episodios. Y muchos de ellos, sorprendentes y extraños. Esa es nuestra vida; el ir y el venir, el abrir y el cerrar. Empezar a reescribir la historia que soy para mí, sus episodios finiquitados y la intuición de lo que estará por llegar. Sólo necesito un poquillo de tiempo, reflexión... y dejarme mecer y vapulear por mi rutina. Luego, ya vuelvo.



PORCENTAJES, EQUIVALENCIAS Y JUSTICIA

"Las 225 fortunas más grandes del mundo representan un total de más de un billón de euros, es decir, un equivalente al ingreso anual del 47% de los individuos más pobres de la población mundial; 2.500 millones de personas. Unos pocos individuos son más ricos que estados enteros."
La catástrofe perfecta. Ignacio Ramonet.




... Y habrá quien diga que es un párrafo demagógico y manipulador. Pero yo no hago más que preguntarme qué parte de lo mío no me corresponde, por muy poco que sea, y a pesar de que yo lo veo tan justamente mío. Y que además, lo necesito.

¿Lo necesito?

(...)


HABAS Y PIÑAS.





No me gustan las piñas. El otro día una compañera de trabajo comentó que teníamos que conseguir ser una piña, y yo instantáneamente, noté que los pelos se me erizaban. No soporto las piñas, los equipos, los grupos. La piña tropical sí, esa me encanta. Jugosa, ácida y fría es como más me gusta. Y ahora que lo pienso, yo también soy así, jugosa (entiéndase igual a ironía), y con un tanto de ácida. La conversación que tuvimos en el equipo de trabajo a raíz de ese “intentar ser piña” fue de lo más sustancial. En todos los sitios se cuecen habas y hubo un momento en que se podía sentir una estupenda calderada. Y no, aún no me he arrepentido de la ironía… no... ainsss. Lo confieso, sí. Si me pican, soy así, ácida. No como una piña, no. Más bien como un limón.

Siempre me ha sucedido. Siempre. En el momento que intuyo esa solidez de los grupos algo hace que me rebele, me entra una especie de urticaria invalidante en el pensamiento, mi presencia se pone alerta, e imperiosamente busco la salida. En silencio, los pies se me ponen “en polvorosa”… El por qué de mi rebeldía ante los grupos aún lo desconozco. No me gustan los corrillos de madres, no me gustan los equipos que van todos a uno, no me gustan los que son de Fuenteovejuna, no me gustan las consignas, no me gustan las personas que sólo se saben ser un nosotros...

Me quitan el aire las piñas. No soporto las consignas, que es la manera con la que se mueven los grupos. Siempre acaba habiendo un alguien que decide. Un uno que explica, razona y que por supuesto no escucha. Es como si el yo fuera anulado por un nosotros en el que no existe la voz individual, la mirada personal, ni tan siquiera la personalidad de cada proyecto vital. Ya no se ve a la persona. La voz es la del grupo, y es exactamente la de ese líder que se erige en absoluto conocedor de la realidad. Como si el yo no tuviera ojos. Cuando oigo la palabra piña... me es inevitabla sentirme así; me veo sin mirada. Muda de palabras me entra el impulso de salir corriendo y que ya ni miro. Oye, ni un café. Fiu… fiu… y desaparezco.

(...)

A mí me gustás tú. A solas. Me gusta tu mirada, me gusta el gesto de tu persona cuando me tira de las orejas, y lo que más, lo que más me gusta es tu risa. Cada vez que te ríes de todas mis teorías, cada vez que r0mpes... en mil trocitos mi parte más exacta, teoría convertida en un montón de palabras, que vuelven solas a casa (uys... estaba cantando), y por si mi teoría pudiera recomponerse de otro modo, en algún otro momento. Y mientras me digo... que ya lo pensaré mañana. Que ahora lo importante es estar a diez cm de tí.

Donde esté un tú a tú… que se quite cualquier nosotros invencible. Me gustas más tú, aunque te sepas derrotado. Puede que incluso me gustes más así, sostenido por tus errores. Claro que a lo mejor… a lo mejor me equivoco. Y tú y yo solo somos un desastre. Uno más de tantos que le dan la mano a la libertad, al lado siempre de eso que somos y sentimos. Pudiera ser, que seamos un desencuentro, pero en un tú y en un yo, es donde sólo cabe la risa. Y a mí lo que más me gusta es tu risa, la libertad de tu risa cuando se posa sobre la mía. Y mi libertad.



*canción para diminuta y para mqm

LA IMPACIENCIA DEL CORAZÓN




“Todo comenzó con un desatino, una torpeza completamente excusable, un gaffe, como dicen los franceses. Después intenté remediar mi estupidez, pero cuando se quiere reparar con demasiadas prisas la ruedecita de un reloj, se suele estropear todo el mecanismo. Incluso hoy, al cabo de los años, soy incapaz de delimitar dónde terminó mi pura impaciencia y dónde comenzó mi culpa. Probablemente nunca lo sabré.
Stefan Zweig.



Así comienza este libro, con ese párrafo que nos perfila la culpa de la compasión, la culpa de no haber sabido decir “no” a tiempo. El protagonista, arrastrado por la blandura de su mirada, cabalga por desiertos que nunca debieron pertenecerle. No es difícil identificarse con el protagonista. Saberse algo para los otros le resulta vital, descubrir que el sentido y la misión de su propia existencia está en la felicidad de los otros es algo que lo embellece, que lo adorna, pero que también lo anula. Lo arrastra fuera de su propia persona. Ensimismado ante los otros, ante la vanidad de su generosidad, se deja arrastrar por el olvido de sí mismo. Pierde la partida dejándose colocar en un escenario que jamás debió ser el suyo, un escenario que para siempre tendrá el eco de su culpa. El eco de aquello que sólo él puede decirse a sí mismo.

A lo largo de su lectura he ido desgranando muchas teorías. Y una vez desgranadas, he tenido la sensación de que se han quedado convertidas en simples palabras solas. Sin sentido. Palabras que desde su soledad buscan una nueva configuración para poder sostenerse. Teorías que se caen y se tienen que volver a levantar, a veces ocurre. Supongo que eso mismo es la vida. Caer y volver a levantarse. Así es la lectura; desconstruirse para volver a construirse. En mí mismo, y en mi espacio.

(…)

Durante estos días le ha rondado mucho a mi pensamiento la compasión… a pesar de las carreras de junio. Y por ahí, he permanecido entre perdida y encontrada. Y con retahilas varias.

La compasión sin rectitud es un peligro. La compasión a veces es simple vanidad, y ante su falta de sentido, se convierte en culpa. La compasión que no sabe de objetivos, es un despropósito. Se necesita del equilibrio entre la compasión y la asertividad para que cada paso nos lleve a nuestro espacio verdadero, a ese espacio que nos pertenezca íntimamente, espacio en el que el “yo” no se siente ahogado, silente ni herido. Hay que saber decir “no” cuando algo es claramente “no”, sin rodeos, y por mucho que al corazón le duela. Aprender a decir "no" por encima del juicio que nuestra decisión provoque en los otros. De lo contrario la compasión puede ser un arma mortal, la herramienta eficaz por la que seremos pasto de la manipulación. La compasión que sabe a dónde va jamás puede ser catalogada como egoísmo, sencillamente es hacer entender al otro (también a nosotros mismos) que aunque mi corazón es enorme, en él no cabe lo que otros proponen. La libertad es esa compasión valiente que sabe del sino de su respuesta, que reconoce el contenido de una decisión, que lo afronta, y a la que le importa muy poco el juicio externo. Y que aposentada en el alma libre, decide rotundamente, y decide no. O sí. Pero siempre es un recodo en el que se posa la libertad. La propia. Sin otra interpretación que le importe. No es fácil la compasión en libertad, y sin embargo, estamos obligados a ella. Más que nada porque lo que necesitamos es llegar a nuestro lugar, a nuestro exacto lugar. El nuestro.

Y yo quiero llegar, ahí mismo, al que es mi exacto lugar. Al lugar que yo exactamente soy. Y a él me acerco...


LO DIFERENTE

Miramos lo diferente, lo que nos contraría o lo que no se ajusta a lo que queremos oír, con sospecha. Aquello que no cuadra con nuestras cuatro coordenadas básicas lo ignoramos. Lo minusvaloramos pensando que el otro es un pobre hombre, que no tiene ni nuestras capacidades ni nuestro sentido; que no es ni tan leído ni por supuesto tan inteligente. Ocurre a veces, que incluso necesitamos pisarlo hasta que queda eliminado, buscamos terminar con toda su buena fama tan sólo porque un lado o cara de su presencia no nos gusta. O porque tan sólo uno de sus lados, silenciosamente, nos hace pequeños.

La mayoría de las veces no somos conscientes de que lo diferente nos complementa, y que también nos hace más reales y certeros. Absortos en lo geniales que somos, no vemos que frente a lo diferente, al intentar comprender su sentido en el mundo, nosotros afianzamos nuestra mirada sobre ese mismo mundo. Que nuestras coordenadas tendrán un mejor sentido y probablemente más significado si son enfrentadas a lo que la contraría; y que contrastando, conseguimos las certezas que realmente tienen peso. Las verdaderas certezas. Y que todo aquello que las acompaña ruidosamente y sin sentido, muchas veces, cae con todo su peso ante la medida de lo diferente. Es intentar separar el grano de la paja, ampliar la perspectiva de la verdad, a ello nos empuja lo diferente. Pero no, ensimismados como estamos en nuestra propia mirada, en nuestra palabra y en las cuatro coordenadas que nos mueven junto a sus ridículas sinfonías, anulamos todo aquello que es, por diferente e incomprendio, un valor para hacernos pensar. La duda es el primer paso de la certeza.

Quizá la soberbia nos haga ser así, y probablemente sea sólo un gesto de supervivencia. La soberbia lo sabe bien, sabe que al acercarse a aquello que es diferente, todo lo que somos y nos habita pudiera acabar en un fundido en negro; en la nada. Descubrir de repente, que nada sólido nos sostiene. Por eso la soberbia es tan pacata. Yo imagino la mirada de la soberbia así; despectiva, ignorante y cobarde. Me dan pena los soberbios; son pobres supervivientes nadando a contracorriente para no llegar a ser eliminados por la levedad de la mirada tan corta que sostiene su mundo. Son cobardes los soberbios. y se hacen pequeños ellos solos.

(...)

** uff... hoy ha sido un día complicado. ¿Se nota?... ay, ay, ay...




Película soberbia: EL MERCADER DE VENECIA. 2004.
Enmarcada en la Venecia del siglo XVI, esta eterna comedia dramática de Shakespeare sigue el destino y la fortuna de un grupo de nobles cristianos y de su relación con el prestamista judío Shylock.

¿CÓMO ERA?

* para Constant.


¿Cómo eran las cosas cuando era yo niña?(...)

Muchas veces me hago esta pregunta. Me veo arrastrada por el recuerdo. Soy consciente de ser una persona sostenida fundamentalmente por el recuerdo, y especialmente por mi infancia. No tengo ni idea de si esto es profundo, o es una auténtica estupidez. Me da igual. Simplemente sucede. Volver a la infancia es un viaje necesario. Porque pienso, y es una certeza, que si logramos volver a la infancia que un día vivimos, algo del nosotros que hoy somos, se desentraña. 

Muchos de los nudos con los que hoy vivimos podrían ser deshechos si nos parásemos un poco en aquel tiempo de nuestra infancia. No hablo de una infancia rosa, una infancia de mundo disney. Hablo de la infancia real; esa que se vive en la calle, en la risa y en el llanto, en el encuentro y en el desencuentro. En unos ojos de niño que se siente querido, y también mecidos por la soledad y la incomprensión. Hablo de esa infancia donde aprendíamos a caer rotundamente. Y también a levantarnos con una firmeza que no torcía ningún viento. Pero pasan los años, queremos un lugar en la sociedad, crecer, y necesitamos triunfar. Entonces, se nos olvidan los sueños, los castillos que habitábamos, los misterios que nos gustaba mirar, y la afrenta que suponían aquellos miedos que nos paralizaban. Allí, en nuestra mirada, la vida, toda, con la que jugábamos. Y de repente ha pasado el tiempo y ya no recordamos lo que quisimos ser, aquello que nos hizo reír, y tampoco lo que nos hizo llorar. Admiro a las personas que son capaces de huir de todo lo que nos aleja de la infancia, del niño que aún somos. Me atraen las personas que persiguen un proyecto a pesar de los años, las obligaciones y los miedos. Quienes luchan por unsueño, las personas que son capaces de ahorrar por ese sueño, son de infancia. En los deseos, lo creamos o no, siempre permanece.

La niñez no tiene prisa, y aunque de niños siempre queremos ser mayores, el tiempo es largo. Se juega siempre sin prisas, sin sentir el tiempo. El juego es la negación del tiempo. Luego, de adultos, empezamos a correr demasiado. Y vamos a todas partes corriendo. Nos quedamos sin minutos para levantar castillos y no podemos tocar las nubes. Se nos olvida la mirada, el pensamiento, el ensimismamiento, quizá por eso muchos adultos son incapaces de habitar la soledad. Sin la persistencia de la infancia, no hay soledad que se soporte. Y ya no somos capaces de permanecer en esa insistencia que es rotunda, firme; la pasión. Sin infancia, sin la resonancia de la infancia, bien pudiera ser que sólo fuéramos supervivencia. La pasión, tiene mucho de nube de infancia.

Sin espacio para el recuerdo, la infancia es olvido, pero todos tenemos una infancia. Y podemos buscar su regreso. ¿Cómo eran las cosas cuando yo era niña? Me lo pregunto muchas veces. Algo me dice que si vuelvo a ella, encontraré la medida de lo que soy, y también de lo que espero, necesariamente. Para mí es una certeza.


(...)

"La infancia no es una etapa. Para mí es un mundo, todo un mundo cerrado, redondo. Después te expulsa, o te caes tú de él. Por eso he dicho muchas veces que los adolescentes tienen carita de naúfrago, porque tienen que ir nadando, expulsados de esa isla, o de ese mundo, hacia un continente donde no saben lo que les espera...".
Ana María Matute.

TENER VALOR




De niños lo que más deseamos es crecer, llegar a ser adultos. Nos imaginamos de adultos como seres muy libres; para salir, para experimentar, para caminar. El mundo de los adultos se nos antoja enorme, atractivo, libre. Y un día, sin apenas percepción, ocurre; somo adultos.

Yo, ahora que soy adulta, me doy cuenta que a quiénes más admiro es a los niños. No tienen fronteras. No le ponen límite a sus sentimientos. Mentalmente nos ganan en generosidad. En esfuerzo. En imaginación. Carecen de fronteras mentales, de miedos inventados. Connstatan la realidad como una cámara fotográfica, sin interpretaciones. Las interpretaciones se las regalamos nosotros. Están dispuestos al esfuerzo, a saltar sobre aquello que les limita. Están en el aquí, en el ahora. Son presente. Me admira su espíritu aventurero. Son intrépidos; si se caen se levantan. Si están incómodos con algo intentan cambiarlo, buscan a su alrededor, no se conforman. Perdonan y olvidan. Son valientes. Hay quien confunde la valentía con la imprudencia. Yo no, yo pienso que incluso ese punto de imprudencia es valentía. Decir no a la comodidad. Arriesgar. Mirarse frente a uno mismo y decidirse por fin a tener el coraje de querer cambiar. Así son los niños.

Y me pregunto; ¿en qué parte del camino nos hemos perdido?...



** Y un día te das cuenta de todo esto, y te percatas de que una mirada de infancia se ha colado en tu vida; tu hija. Unos ojos te miran, y te enseñan de nuevo la vida. Y te obligan a ser mejor persona, y a sacar la valentía que siempre has poseído, que ni sabías que tenías.
Gracias, diminuta ana.

EL ORIGEN


Siempre vivimos preocupados por el final, por el lugar al que queremos llegar, el proyecto que queremos ver cumplido, siempre preocupados por llegar a la meta. A ese lugar que creemos nos va a hacer mejores y más íntegros. Ese objetivo lo dibujamos, lo imaginamos mil veces, en cada uno de los proyectos que racionalmente nos proponemos; buscamos aquello que creemos nos va a hacer mejores y más grandes.


Soberbia; en cada uno de los esfuerzos que hacemos al superar el bache con que la vida tantas veces nos sorprende. Buscamos el prestigio de una vida más perfecta. Con nuestras proyecciones intentamos ponerle un traje impecable a nuestra presencia. Buscamos insistentemente a ese "yo" que imaginamos necesario, y que muchas veces nada tiene que ver con el "yo" que certeramente somos. Proyectamos hacia el futuro y queremos encontrar una vida que nos haga grandes a los ojos de los demás, queremos ser ese "yo" imaginado; más perfecto, y también más perplejo. Contradicción. Y pocas veces pensamos que el traje, lo tenemos ya; que lo que somos, lo llevamos puesto desde el inicio.


Quizá, quizá no esté en el futuro aquello que nos dé la chispa de la integridad. Quizá ya seamos íntegramente; incluso en este traje desvencijado que a veces nos toca llevar. Quizá lo que nos dé equilibrio no sea ese lugar al que queremos llegar, ni la persona que quisiéramos ser. Quizá, lo que nos llene la mirada, surja de lo que ya somos; de ese traje que unas veces nos queda pequeño, otras grandes, y otras, sencillamente impecable. Quizá todo esté ya desde el origen ahí, en lo recibido. En el espacio que fue testigo de tu primera presencia. En todas esas miradas que nos antecedieron y nos dejaron la medida de ese traje. Ése quizá es el que debemos aprender a llevar bien, y no tanto todo lo que después nos hemos ido encontrando.


Yo quisiera no olvidar que vayamos dónde vayamos, nos trate como nos trate la vida, siempre seremos ese primer traje. Y que siempre habrá un lugar al que regresar. Que es allí donde debiera encontrar la esencia de lo que soy, y no en ese proyecto que anhelante persigo sin saber muy bien qué es lo que me empuja.


(...)


Todo esto me ha salido al hilo de una pequeña conversación inesperada con la diminuta ana. Yo iba conduciendo, la mente en la carretera, y me encontré sorprendida por una sencilla pregunta:

_ Mamá, ¿por qué siempre, cuando llegamos a la entrada del pueblo te pones a cantar?... _ Me lo preguntó intrigada, y como asegurando que siempre ocurría así, que siempre cantaba al llegar al puente, desde donde se divisa perfectamente el perfil del castillo. Yo en ese momento fui consciente de que iba tarareando una canción.

Y no sabía qué contestarle, no sabía decirle por qué cantaba, no tenía la menor idea de por qué lo hacía. Sólo ante su voz me hice consciente de mi presencia cantarina. Mi pensamiento dio varios rodeos antes de que mi voz fuera capaz de contestar. Entonces le dije:

_ Pues ni me había dado cuenta de que estaba cantando.

_ Estabas cantando mamá, y siempre lo haces cuando llegamos al puente. Cuando vemos el castillo... te pones a cantar.

_ Pues no sé… quizá sea porque sé que aquí están los abuelos, porque éste es mi pueblo, y porque aquí yo jugaba de pequeña, y me lo pasaba muy bien por todas estas calles, porque mira que íbamos por todos los sitios habidos e inventados... y no sé, no sé por qué cantaba, pero me gusta mucho venir, eso sí lo sé. Y me pone muy contenta, eso también lo sabes tú. Y a que a ti también te gusta mucho venir ¿eh?...


Y ella contesta muy alegre que sí, que mipueblo es también su pueblo.
_ Porque las madres les dejan su pueblo a las hijas... a que sí ¿eh, mami? El pueblo de las madres es el pueblo de las hijas._ Y lo dice como explicándose a sí misma, como para creérselo del todo.

Y pensé que en el origen siempre está el equilibrio. Que eres más grande, en el lugar en el que has sido más pequeño. Y que es en mi pueblo donde sigo siendo íntegramente yo; allí la presencia que ahora soy se mezcla con la de aquella niña de entonces. Quizá detrás de toda esta retahila sólo esté la presencia del sol, de los campos amarillos y verdes, de los paseos en bicicleta y las excursiones al río; el peso liviano de unos recuerdos. Pero también son la certeza de que existe un lugar que es origen, un espacio que sigue siendo equilibrio, y un escenario al que siempre quiero regresar.


Al que querré que me regresen cuando mi nombre sea la finitud exacta de un sonido sencillo; el eco silencioso de una presencia que se supo habitada por la luz de lo que fue origen.

UNA TARDE DE MARZO


Regreso a casa cansada. Más bien totalmente agotada. Ha sido un día estupendo de aire y sol. La ciudad estaba perfecta; nos la hemos pateado las dos, mi hija y yo. De arriba abajo. Ella ahora duerme profundamente; cenó, se tumbó en la cama y cayó rendida. Yo he estado preparando algunas cosas y ahora me siento a escribir porque no quiero olvidar una estampa que me pareció entrañable.

Volvíamos del centro y en la Plaza de San Marcos, con todo el cansancio que llevábamos hasta en los bolsillos, decidimos sentarnos un rato en los peldaños del crucero, sentadas al lado del peregrino de bronce. La peque enseguida vio a unos niños, y decidió jugar con ellos y la pelota que tenían. Yo, sentada en el escalón y apoyada en el crucero, les miraba de reojillo, como sin mirar. Me daba el sol de soslayo y me quedé plácidamente deshilando ideas. Pensaba en el día tan estupendo que nos había regalado la vida, y en el fin de semana que nos habíamos pasado las dos de absoluto descanso y con total olvido de las preocupaciones semanales. Desconexión. Enviar lo importante de paseo por unos días. Y de repente aparecieron los dos ancianos. Toda una estampa que simbolizaba la amistad. Sonreí profundamente y me quedé observándoles hasta que se perdieron al doblar la esquina del fondo.

Eran dos ancianos, de unos ochenta años o quizá más. Uno de ellos llevaba a su vera una bicicleta BH granate, como la que tuve de niña. Llevaba puesto un abrigo de cuadros galeses y unos pantalones que sujetaba con unas pinzas verdes fosforito, unas pinzas de las de tender la ropa. Sonreí totalmente sorprendida por ese detalle espontáneo y poco habitual en una ciudad tan bien puestina como es León. El amigo le acompañaba con el mismo ritmo en el andar, y la bicicleta rodaba silenciosa en medio de esos dos personajes. Iban totalmente metidos en su conversación. Yo no hacía más que observar la bici y el atuendo de los ancianos. No eran de este tiempo, parecían totalmente inventados; la bici, el atuendo y los ancianos. Totalmente sorprendida me preguntaba que si de veras se subiría a la bici, o si sólo la llevaría a su lado como apoyo. Se le veía muy acompasado apoyado en la bici. Me quedé observándoles hasta que se perdieron. Y pensé en la amistad. En la verdadera. En ese inmenso placer que es pasar la tarde al lado de un amigo; charlar, hablar, caminar, departir la vida, toda la vida, y el mundo, así, tan pausadamente; a la luz y al aire de una tarde de marzo.


Sus ropas pertenecían a otro escenario, y probablemente ellos también, e incluso la bici. Ya no se ven bicis BH, ni abrigos con ese corte, ni de esa tela. Ya no se ven ancianos así. Y me quedó el regusto de su presencia, y todo lo que en ella yo sentía que estaba. Y recordé aquellas tardes de marzo al lado de mi amiga, tan habladas. Aquella vida que desmenuzábamos siempre tan debatida; los sueños, todo, absolutamente todo deshilachado, incluso aquello desconocido que estaba aún por ser vivido. Esto, tan sólo imaginado, lo desmenuzábamos aún más. Deshilábamos la vida en aquellas tardes de marzo en que charlando, salíamos a caminar campo a través. Y lo caminábamos absolutamente todo, igual que esos dos ancianos, embebidas en palabras y arropadas pos esas tardes que nos dejaban el cutis coloradillo y enrojecido por el sol ventolero que marzo siempre nos trae.

Regresé a la plaza, y al fondo divisé la figura de mi hija que aún tenía energías para ir detrás del balón. Y pensé en que ella también tendría sus tardes de viento y sol, al lado de la voz que le descubrirá el reconocimiento de ese otro que es siempre la amistad. Y pensé en su sonrisa. La llamé por su nombre de infinito y se despidió de los niños. Juntas entramos en la Iglesia de San Marcos. El silencio de la iglesia y sobretodo el cansancio recogieron nuestro pensamiento en un segundo. Quietud. Ella me dio la mano, y comenzamos a rezar cada una a su manera. Nos quedamos aparcadas en la oración que, la verdad, tenía mucho más de cansancio que de recogimiento interior. Al salir era ya la atardecida, y despacio, regresamos a casa.

Ha sido un día pausado. Muy especial. No sé de qué color habrá quedado en la retina de mi hija, ni si algún día lo recordará. La memoria suele ser muy juguetona, pero si sé, que esta tarde de aire y sol a mí sí se me ha quedado colgada. Presente y pasado. Mi hija y la amistad. Dos hombres y una bicicleta. No hay olvido. Las cosas buenas, aunque se queden en silencio, jamás tienen olvido. Nunca. Y es que todavía hoy, puedo sentirlo. Aún se puede oír su presencia en el sonido de las escaleras que todavía hoy subo y bajo, esas que yo entonces siempre bajaba de dos en dos cuando iba al encuentro de de mi amiga. Es un sonido especial. Y no se olvida. Nunca.

DESDOBLANDO LA REALIDAD





Hoy, mientras la peque hacía sus deberes, mientras ella iba memorizando las necesidades de las plantas, las de los animales, y los colores que descubre un prisma al ser atravesado por la luz, yo me quedé ojeando una revista. Había un artículo que hablaba sobre el mundo de los blogs. Los identificaba como válvula de escape para mostrar nuestro mundo interior; ese mundo que late, que lucha por ser narrado. El blog como terapia virtual. Yo pensaba mientras lo leía en esa necesidad que late detrás de un blog, necesidad de que otro nos lea, de que nuestras palabras sean compartidas, encontradas, a pesar del riesgo que tienen de ser malinterpretadas. La búsqueda de interlocutor como significado. Esa necesidad de ir dejando huella me parecía evidente, y también, la de sentir la huella de los otros en las palabras que nos regalan. E imaginaba esa búsqueda de interlocutor como la verdadera motivación para introducirse en este mundo de blogs.

Pensaba también en la contradicción que se halla en esa búsqueda. Queremos ser leídos, pero sabemos que no todo lo que se escribe es veraz. Yo pienso que un blog es algo parecido a una novela, salvando las distancias, por supuesto. Se mezclan realidad y ficción, lo que somos con lo que quizá anhelamos ser. Entretejemos en esas palabras la imagen que tenemos de nosotros mismos con la que realmente es y también, con la que los otros creen que es. Todo se mezcla, y nada llega a ser certeza. Este mundo de palabras es una especie de diario que no se ajusta nunca a la realidad que somos. Esta es mi impresión.

Nunca se sabe el alcance que tienen nuestras palabras en la mirada del otro. Las palabras, una vez que se dejan, vuelan, mienten, transforman lo que tocan. Son interpretadas, analizadas, y bien sabemos que una vez que salen, ya no estamos sobre ellas. Sólo son palabras colgadas. Libres, se elevan por encima de nuestra mirada, por encima de la trama que quisieron en un principio ser. Ni está todo lo que somos, ni somos todo lo que está. Es complejo analizar a una persona sólo por las palabras que un día quedaron en su blog. Y sin embargo, también sabes que mucho de lo que esa persona es, está ahí, latiendo en sus palabras.

Muchas veces pienso que al final, todo esto que quiso ser verdad, quizá sólo sea pura y llana ficción. Y viceversa, que lo que aquí se plasmó como ficción, puede ser más realidad de lo que estamos dispuestos a admitir. Es peligroso jugar con las palabras. Me lo digo muchas veces, me lo decía mientras leía el artículo. Y sin embargo, es muy difícil abandonar el juego una vez que ha empezado. La honestidad puede ser maravillosamente imaginativa, tanto, que las certezas que nos mueven pueden llegar a estar tan enmascaradas, que no llegas ni tan siquiera a reconocerte en lo que un día has escrito. A veces, cuando he vuelto a releer lo escrito, me sorprendo a mí misma ante la idea de cómo ha sido posible que eso que late en esas palabras, lo haya dejado yo. Y nunca llegas a saber bien cómo serán recogidas esas palabras. Nunca sabrás si esas palabras cuentan la historia que tú realmente quisiste contar, ni tan siquiera, si lohas sabido contar bien.

Luego vuelves a tu rutina, sonríes, y te dices a tí misma que no no importa. Que sólo es un blog. Y regresas a los colores del arcoiris; al rojo, naranja, verde, amarillo, azul, indigo, añil y violeta. Y te sientes sonreir. Pues todos esos colores, los has ido dejando poco a poco en tu blog, en eso que quisiste contar y que no te salió bien, en toda esa ficción y no ficción con la que construyes tus párrafos. Y encuentras sonido en los ojos de las personas que han venido a visitarte, que te saludan y se ríen con tus cosas. Así de complejos somos en la sencillez de nuestras vidas. Así de simples, también.

MEMORIA




Te reconozco en la exacta forma en que tu ausencia se ha quedado a mi lado. Tiendo mis manos hacia ella, y la acaricio lentamente. Rememoro tu risa, el exacto sonido que deja cuando me rodea. Es lo que más echo de menos, y son muchas las veces en las que desde este silencio, me refugio en ella, en tu risa. Risa espontánea, risa que es también como la mía, que saltarina y sorprendida siempre te sigue. Tu risa me arrastra. Y pienso que la vida, es la suma de todos esos momentos, de todos esos instantes en que nos hemos podido reconocer en el otro. Si algo nos ha hecho felices, cuando lo analizamos bien, podemos encontrar que en ese instante, siempre habita la presencia de un otro, o de su sombra; ese modo en que su recuerdo ha ido a posarse en nuestra retina. Son muchas las veces en que después he sonreído, aunque tú ya no estés. Lo que queda en el recuerdo, lo que tiene siempre la mejor estancia de ese baúl que es la memoria, es ese tú. Y siempre se vuelve, inconscientemente, a ese instante en que el mundo, dejó de girar.

Sólo me interesa lo que veo de ti. Nada me importan las referencias de lo que pudieron ver otros. Nunca mi juicio sobre un persona se sustenta en lo que otros dicen, en lo que otros sienten, en los que otros saben. Es como negar la realidad, algo así es; la verdad de esas miradas, tu verdad en los otros, me importa muy poco. Yo sé lo que veo en ti, y con esa verdad me quedo. No me importa tu pasado. Tampoco tu futuro. Me instalo en el presente, en este, y le doy mil vueltas a tu risa. Me instalo en ella, y respiro esa levedad que tiene tu mirada cuando se posa en la mía. Y me la cuento mil veces. Tu mirada flota. Y poco más importa. Tú eres la memoria de mi tiempo nuevo, de ese comienzo que intemperante, luchaba entonces por salir. Tú, y ese sonido de tu risa; el peldaño necesario para que este tiempo que ahora soy, fuera posibilidad.



LA PALABRA CALLADA


Ya son varias las veces en las que hablo de la soberbia de las palabras. Me he detenido a menudo en todo lo que ellas queriendo regalarnos, no pueden transmitir. Son soberbias por creerse grandes, dignas hijas de esa prepotencia que quiere necesariamente imponerse a las demás historias, a todas esas que son más humildes, más calladas, que habitan un silencio de dolor, de belleza, de inmortalidad. Lo infinito siempre permanece en silencio. Así, calladamente. Las palabras soberbias, siempre tienen bombos y platillos. Las palabras calladas no. Ni siquiera sabes que las buscas.

En esta mañana de sol, mientras realizaba labores cotidianas del sábado me he quedado colgando de la palabra callada. Esas historias que desde su humildad nos transmiten la grandeza de lo imperecedero. Palabras que nos regalan lo que siempre permanece a pesar del tiempo que pasa sobre ellas, a pesar de la diversidad de escenarios que puedan llegar a habitar. Palabras de silencio y sonido imperceptible. Imperecederas por la tragedia que sostienen. Perdida en esta retahila mientras limpiaba la casa he llegado a su verdadero color: detrás de las palabras calladas nunca encontrarás la soberbia del rojo, la sonoridad del estruendo. En su en su verdad, sólo habita la sencillez, la humildad, los recodos invisibles en los que normalmente la belleza ha ido a esconderse. El color de un cielo azul que pasa desapercibido. Y me he dado cuenta necesariamente de la no soberbia de algunas palabras, de esas que se quedan como en silencio. Calladamente.

No suelen encontrarse en esas estanterías de best-seller entretenidos y de lectura rápida. Ni siquiera sabrías dónde ir a buscarlas. No tienen un lugar exacto. Permanecen recogidas en su no presencia. Suelen ser historias que un día te encuentran por casualidad. Habitadas de olvido, sigue en ellas el permanente latido de verdad que es su narración. Latido escondido, así es como normalmente nos encuentran, desde su no-sonido. Damos con ellas por casualidad, sin voluntad, tanta inconsciencia tienes de su búsqueda que llegas a pensar que son ellas las que en realidad te han encontrado a ti. Siempre son un regalo inesperado. La vida tiene estos rincones. Pienso que esto también ocurre en este mundo de blogs: de repente un día te das de narices con esas palabras calladas. Esas que sin ninguna prepotencia te regalan desde su silencio el sentimiento que andabas buscando, el sentido de esa escena que no acertabas a interpretar. Y sonríes. O lloras. Inevitablemente. Te alegras por el encuentro, por ser el privilegiado interlocutor en que ellas, desde su silencio, han venido a posarse.

Todos recordamos descubrimientos así; libros e historias imperecederos que dejan a nuestra alma el reposo que no tienen las palabras sonoras, grandes y de ruido mundanal que puedes encontrar en las estantería coloridas de los grandes almacenes. Esas palabras calladas, inesperadamente, han venido a sostener un poco nuestra mirada perdida. Son palabras a las que siempre regresarás, eso lo sabes ya casi nada más tocarlas.

Palabras calladas, esas que necesitando tanto ni siquiera sabías que buscabas. Que han salido a tu encuentro. Inesperadamente.




** Dedicado a las palabras de José Jiménez Lozano. A modo de agradecimiento por todas esos silencios que me ha regalado con sus historias. Por la belleza escondida en la sencillez con la que su mirada ha ido a posarse sobre las cosas, sobre las personas. Por ese dejar en sus palabras el silencio de la belleza, todo lo que desde su no grandeza gritan sus palabras. Si os tuviera que recomendar un libro, diría que cualquiera. Pero sé que El Mudejarillo y La boda de Angela me acunan especialmente. Esos fueron los que un día, hace ya muchos años, salieron a mi encuentro.

VALENTÍA


Qué necesario es parar. Congelar por unos días aquello que aunque importante, no es necesario. Parar en seco. Ensimismarse. Adentrarse en los desencuentros del alma. Intentar ver sus números, los del ser. No sin dolor. Se me han quedado bailando en el pensamiento dos entradas: una de Modestino, y otra de Sunsi. Ellos seguro que no pensarían jamás que sus palabras pudieran quedarse así, tan colgadas de mi pensamiento, bailando en lo más hondo de mi persona. Y ahí están. Acunándome en cierto sentido. Son como una pequeña candela que en momentos de desencuentro dejan un reposo de luz, de emoción contenida que necesita tener sus propias riendas, una salida; poder soltarse al viento, ser por fin tacto. Estos días son así; como de silencio, sin palabras, con sentimientos que han de ser desenmascarados, perfilados, tocados. Saber qué se siente y por qué se siente así. Nos sucede a menudo. Es necesario parar. Quedarse en la remembranza de unos ojos, de unas manos, de una mirada. En lo que eres y en lo que no fuiste capaz de ser. Echar de menos aquello que tu presencia no supo dar, y echarlo de menos dolorosamente.

Y te quedas en esos ojos que te devuelve el espejo y desde el silencio, los acunas; sin juicios, sin retahilas quisquillosas. Los adivinas tal cual son. Y quieres pode dejar el lastre de lo que un día nos inventaron, de lo que un día esperábamos, de lo que no supimos dar y necesitas sentirlos en su realidad; que son ojos humanos. En este presente tan hermoso y cotidiano, doloroso y sublime, son mis ojos los que me miran. Esa mirada que te habla de los números de tu alma, de la medida de tu dolor. De cuánto estás queriendo y cuánto te están queriendo. Posiblemente, nada sea más necesario. Nada. Aunque estemos rodeados de cosas importantes, el Todo es siemprees así, de silencio. Insustituíble. Y nos está esperando; a cada uno de nosotros, en las esquinas más inesperadas de cada día.



**Gracias Sunsi, Modestino... por las palabras.

BELLEZA


Esta pequeña entrada se la dedico a alguien que es de silencio. Que navega entre el dolor y el vértigo de las palabras. Esas palabras que nos elevan, pero que también nos dejan solos, muy solos. Sin asidero. A ti, tan susceptible, te dejo esta melodía. Cada tramo del pentagrama tiene algo de vuelo. Son notas que se sienten como tú; absortas, subyugadas por la belleza, la auténtica, esa que se esconde en los recodos más pobres y humildes de la tierra. Reconozco en tus palabras el ritmo de los ojos que miran. Sabes ver en las pequeñez de las cosas el sonido eterno. Ese sonido que nos recuerda lo efímero que es sonreír, pero que también nos regala la certeza de lo eterna que es después la esencia de esa sonrisa. La belleza, aunque instantánea, reposa para siempre en la mirada que la ha intuído así, tan inesperada. Eso tú lo sabes bien. Deseo que sigas sumergida en el eco de tus palabras, y que a ratitos, te acompañe esta melodía. Tú, que tienes mirada, sigue en la profundidad de tu no-sueño, en el silencio de tu viaje, en el azul de tu inmersión. Conseguirás respirar el Todo.

Ocurrirá, sólo es cuestión de tiempo. Algún día podremos perdernos en el sonido de las palabras nuevas que nacen de tu mirada, de tu palabra. Un libro que será siempre ese viejo amigo al que se espera siempre. No importa cuánto; lo necesario.


LA RABIA, LA AMARGURA Y LA SOLEDAD DE LAS PALABRAS.


Quisiera saber por qué te ha salido toda esa rabia así; en tres palabras que nacen concisas, anónimas, y soberbias. Me pregunto qué es lo que realmente te empujó a querer pronunciarlas, a querer expresarlas así, tan rotundamente, tan delimitadas. Quisiera saber también por qué las crees tan certeras. Me llamó la atención tu necesidad de herir. Siempre me han llamado la atención las personas que son como tú; soberbias y con tendencia a juzgar. Es absurdo querer acotar al otro. Es absurdo, por imposible. Podemos ser muchas cosas a la vez, y al mismo tiempo, ser nada. Sólo Dios puede posarse certeramente en cada alma.

La profundidad de la persona no es siempre lo que vemos cuando miramos. Es muy difícil juzgar a quien no se conoce. Es muy difícil saber quién hay detrás de un relato, de las historias que se van inventando a rachas, de este jugar ilusorio que son las palabras de un blog. Las palabras pueden ser soberbias, pueden creer sujetar el todo, pero no. El todo es siempre un misterio. No sabemos nunca nada de lo que hay realmente en el otro lado de cada historia, de cada cuento, de cada blog. Diría más; ni siquiera podremos saber certeramente qué hay detrás de cada persona, sí, incluso de cada una de las personas que tocamos con nuestras manos, con las que hablamos diariamente, e incluso con las que convivimos. No podemos sostener jamás con nuestro pensamiento el misterio del otro, precisamente por eso; porque el otro siempre es misterio insondable.

Cómo hacerte entender que sólo has navegado sobre palabras, por ese mundo que ellas vanidosamente quieren sostener, que lo sujetan ilusoriamente, pues a menudo ni lo consiguen. Son ilusas las palabras. Nos hacen creer algo, pero sólo están jugando. Y a la vez son certeras, porque nos enseñan la esencia sobre nosotros mismos, sobre lo que somos. Aún así, el autor permanece siempre en silencio. Ante una historia, el autor no vale nada. Cuando leemos, interpretamos los espacios desdibujados que construyen las palabras, sus carencias, su ignorancia y su deficiencia, pero lo interpretamos desde el yo. Es el yo el que va saliendo, el yo del lector. El autor permanece invisible, ausente siempre.

Nadie es sus palabras. Ya quisieran nuestras palabras poder ser por sí solas lo que cada uno de nosotros somos. No te dejes engañar nunca. ¿Se podría decir certeramente que el personaje es la persona que lo crea? ¿Personaje y autor son siempre lo mismo? Yo creo que la mayoría de las veces no lo son. Y de serlo, sólo a cachitos… el autor es siempre mucho más que el mundo que sostienen sus palabras. Por eso las palabras son soberbias.

Los cuentos, las historias, incluso la vida, pueden ser de una soledad intensa, también de amargura, dolor y rabia. A los seres humanos, si es que realmente han vivido, no nos pasan desapercibidas ni la rabia, ni la amargura, ni la soledad. Son sentimientos que todos reconocemos… y si no, es que hemos vivido poco, o mal, muy mal. Me alegra infinito que hayas sabido reconocer el dolor en mis palabras. Se ve que tú también has vivido, que sabes reconocerlos. Yo a estas alturas los detecto con la mirada. Me pregunto cómo será tu mirada. Diríase que la caridad se te ha dormido un poco, y sin embargo eres tan desconocido, que a saber… no te podría juzgar. Pudiera ser que la caridad sea algo ejemplar en tu día a día. Quién sabe nada de nadie desde aquí.

La persona es un misterio; dolor, rabia y soledad a veces se unen. Pero también la esperanza, la valentía, la fuerza, el amor y el honor. Afortunadamente. Y así ha de ser. Toda una mezcla de encuentros y densencuentros. Y que sigan siendo. Que no nos falte la intensidad en vivencias en este nuestro tiempo creador. Que al final de nuestra vida podamos decir en alto: ¡vaya viaje!


DESPERTAR



Hoy he madrugado, me he levantado muy pronto. Ante mí, la promesa de un nuevo día. Toda una agenda de actividades rutinarias me esperan, algunas muy simples, otras no tanto. Estas últimas, cuando las miro de frente, me acobardan. A veces uno no sabe cómo encararse a las cosas que nos va regalando la vida. Ni siquera comprendes el por qué de su presencia. Y sin embargo hay algo muy fuerte que late dentro, que te dice: no me vencerá. Esto no me va a vencer. Sabes que sólo es una batalla más. Y que una sola batalla no es suficiente para desgastar el tesón que te mueve, esa fuerza que sientes latir altiva.

He puesto la cafetera, y ya se siente el olor por toda la casa, y su sonido te trae la resonancia de los buenos augurios. Nadie se ha levantado aún. El silencio se deja sentir como un abrazo. Van saliendo las palabras, y me dejo arrastrar por ellas, por esas palabras que no dejan que la derrota sea algo posible en este tiempo. Es tan pronto, que aún no ha amanecido, pero ya se puede sentir el latido de lo que está por nacer. Aún permanece la incógnita de cómo será hoy el día, y me siento arropada en una mezcla de quietud y espectación. El día está a punto de comenzar, se puede presentir el latido del sol. Es cierto olor el que avisa de su cercana presencia. En la oscuridad de esta madrugada el sol es una intuición. Hace mucho frío, y sin embargo ahí estará esa magnífica esfera, regalándonos una vez más la luz de un cielo limpio y azul. Un cielo que nos protegerá.

Se puede presentir ya el estupendo ritmo con que amanece el día... tiene un latido inconfundible.

COMUNICAR

Un amigo que tiene un blog, en una de sus entradas, se hacía a sí mismo la pregunta de si padecería algún tipo de adicción porque se dio cuenta de que cuando algo le gustaba o le llamaba la atención sentía la necesidad de compartirlo, de escribirlo en el blog, de comentarlo en el facebook, de colgarlo en el youtube. Decía que se había preguntado sobre esta cuestión de las adicciones porque había ido al cine y necesitaba comentar la película que tanto le había gustado en el blog.

Yo respondía en mi pensamiento a la vez que leía su entrada. ¿Es la necesidad de comunicar una adicción? Pudiera ser, pudiera ser una adicción que padecemos los que tanto necesitamos contar, escribir, filmar…

… y a la vez iba recordando las cosas necesarias que se necesitan para ser un buen periodista…

_ Interés por las cosas que le suceden a tu tiempo.
_ Capacidad para saber expresar esas cosas que suceden.
_ Necesidad de contarlas. No poder estar callado una vez que las has estructurado en el pensamiento. E incluso sin estructurar, que a veces es imposible.

Quizá, quizá, amigo Xabi, se trate de una adicción, no lo sé. Lo que está claro es que si nos conocimos donde nos conocimos… es porque esa adicción, o como quieran llamarlo, la teníamos dentro. Y nada tiene que ver con el medio que hoy utilices, si es un blog… el FB… o la cámara que llevas contigo casi siempre. Esta necesidad de querer contar nos viene ya de hace mucho tiempo. Y nada tiene que ver con el medio que al que hoy te enganchas, la adicción, quizá, ya estuviera inoculada, muchos años atrás.


p.d.: Dejo esta canción que me encanta; sus notas sostienen todo lo que aún está por vivir y por contar.
Y se la brindo especialmente a las personas que están detrás de un blog. A todas.