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DESCANSO






FELICES FIESTAS!!!
Y PRÓSPERO AÑO 2011

LA IMPACIENCIA DEL CORAZÓN




“Todo comenzó con un desatino, una torpeza completamente excusable, un gaffe, como dicen los franceses. Después intenté remediar mi estupidez, pero cuando se quiere reparar con demasiadas prisas la ruedecita de un reloj, se suele estropear todo el mecanismo. Incluso hoy, al cabo de los años, soy incapaz de delimitar dónde terminó mi pura impaciencia y dónde comenzó mi culpa. Probablemente nunca lo sabré.
Stefan Zweig.



Así comienza este libro, con ese párrafo que nos perfila la culpa de la compasión, la culpa de no haber sabido decir “no” a tiempo. El protagonista, arrastrado por la blandura de su mirada, cabalga por desiertos que nunca debieron pertenecerle. No es difícil identificarse con el protagonista. Saberse algo para los otros le resulta vital, descubrir que el sentido y la misión de su propia existencia está en la felicidad de los otros es algo que lo embellece, que lo adorna, pero que también lo anula. Lo arrastra fuera de su propia persona. Ensimismado ante los otros, ante la vanidad de su generosidad, se deja arrastrar por el olvido de sí mismo. Pierde la partida dejándose colocar en un escenario que jamás debió ser el suyo, un escenario que para siempre tendrá el eco de su culpa. El eco de aquello que sólo él puede decirse a sí mismo.

A lo largo de su lectura he ido desgranando muchas teorías. Y una vez desgranadas, he tenido la sensación de que se han quedado convertidas en simples palabras solas. Sin sentido. Palabras que desde su soledad buscan una nueva configuración para poder sostenerse. Teorías que se caen y se tienen que volver a levantar, a veces ocurre. Supongo que eso mismo es la vida. Caer y volver a levantarse. Así es la lectura; desconstruirse para volver a construirse. En mí mismo, y en mi espacio.

(…)

Durante estos días le ha rondado mucho a mi pensamiento la compasión… a pesar de las carreras de junio. Y por ahí, he permanecido entre perdida y encontrada. Y con retahilas varias.

La compasión sin rectitud es un peligro. La compasión a veces es simple vanidad, y ante su falta de sentido, se convierte en culpa. La compasión que no sabe de objetivos, es un despropósito. Se necesita del equilibrio entre la compasión y la asertividad para que cada paso nos lleve a nuestro espacio verdadero, a ese espacio que nos pertenezca íntimamente, espacio en el que el “yo” no se siente ahogado, silente ni herido. Hay que saber decir “no” cuando algo es claramente “no”, sin rodeos, y por mucho que al corazón le duela. Aprender a decir "no" por encima del juicio que nuestra decisión provoque en los otros. De lo contrario la compasión puede ser un arma mortal, la herramienta eficaz por la que seremos pasto de la manipulación. La compasión que sabe a dónde va jamás puede ser catalogada como egoísmo, sencillamente es hacer entender al otro (también a nosotros mismos) que aunque mi corazón es enorme, en él no cabe lo que otros proponen. La libertad es esa compasión valiente que sabe del sino de su respuesta, que reconoce el contenido de una decisión, que lo afronta, y a la que le importa muy poco el juicio externo. Y que aposentada en el alma libre, decide rotundamente, y decide no. O sí. Pero siempre es un recodo en el que se posa la libertad. La propia. Sin otra interpretación que le importe. No es fácil la compasión en libertad, y sin embargo, estamos obligados a ella. Más que nada porque lo que necesitamos es llegar a nuestro lugar, a nuestro exacto lugar. El nuestro.

Y yo quiero llegar, ahí mismo, al que es mi exacto lugar. Al lugar que yo exactamente soy. Y a él me acerco...