... NECESITABA OÍR TODO ESTO. SABER QUE LAS PALABRAS NO SON TAN NECESARIAS. QUE AUNQUE NO SEAS CAPAZ DE ENTENDER MI DISCURSO, SÍ ERES CAPAZ DE VER LO QUE HAGO CADA DÍA POR TÍ, POR LAS PERSONAS QUE ME QUIEREN, Y A LAS QUE QUIERO. Y QUE QUIZÁ NO IMPORTAN TANTO LOS FALLOS, QUE LO QUE CUENTA ES ESTAR. Y ESTOY, A TU LADO. TE QUIERO DIMINUTA.
HILOS INVISIBLES
... esos que nadie ve. Ni siquiera uno mismo. Y sin embargo están, ahí, firmes, inquebrantables, y afianzando nuestra vida.
*gracias Lisset.
*gracias Lisset.
PRESENCIAS
He vivido acompañada, siempre. Alegría y llanto, soledades y abrazos. Ellas siempre ahí. Tan diferentes, tan necesarias. Cada una a su manera. Equilibrio, vitalidad, sonido; ritmo en mi mundo. Os dedico esta entrada a vosotras, que no entendéis de blogs, que no los leéis, pero que sabéis verdaderamente del sonido de ese yo que soy. Para ellas esta entrada, y aquí todo lo que la palabra quisiera expresar y no sabe. Ser y estar. En vosotras se sostiene mi pasado, se asienta la fortuna de mi presente y se presiente la fortaleza del futuro. Sois, y eso, es ya más que suficiente.
GENÉTICA, FELICIDAD Y VIDA
Os dejo una recomendación: escuchar a este tipo. Os animo a hacerlo íntegramente, seguir su discurso en los diferentes cortes de youtube. Es genial. Es todo lo que yo hubiera querido saber contar, todo, todo y todo...
* Se lo dedico especialmente a Tomae. ;)
HACIENDO DEBERES
Me encuentro sentada en la cocina, la mesa, llenita de libros y cuadernos. Está preciosa la mesa así. A mi derecha, diminuta está concentrada en sus deberes de lengua. La observo siempre mientras hace sus deberes, ¡la de veces que se le sube el pensamiento al cielo! Esto contribuye a que esos mismos deberes que hace un niño en una hora, ella los haga en tres, sobretodo si los deberes son de cálculo. Intento no impacientarme, me quedo en la cocina como ocupada en otras cuitas; saco mis libros y cuadernos. Permanecemos en silencio, cada uno en sus cosas, y me hago consciente de las veces que a mí, también se me sube el santo al cielo. Así que me he prometido a mí misma no volverme a quejar, ni de su pensamiento inquieto, ni de los cielos que visita. De tal palo salió el astilla. Mientras estoy en esas ella me hace pregunta:
_ Mamá, ¿qué es la melancolía?
_ Me quedo mirándola y le digo, pues… la melancolía, es una especie de tristeza, una tristeza suave que a veces ronda nuestro pensamiento. Y si la miras atentamente, si la sabes observar, sabrías decir qué causa tiene.
_ ¿Es como la tristeza que sentimos hoy porque se han ido los abuelos?...
_ Sí, un poco así, porque les echamos de menos, ¿verdad? Pero no es grave esta tristeza, sólo nos acompaña un ratito. Esa es la melancolía. No es como esa otra tristeza grande y seria, sino que es pequeña y medio sonriente…
Ella vuelve a sus deberes… y yo me quedo balanceando en esa palabra de rasgos serenos y profunda; melancolía.
Es ese sentimiento que nos rodea cuando abrimos el sencillo armario en que hemos ido a guardar, cual ropa bien limpia y planchadita, los proyectos que son ya un imposible. Que fueron vitales y que hoy permanecen en silencio, guardados para siempre en la memoria. Los acaricias suavemente cual toallas limpias y perfumadas, y los vuelves a encerrar en ese armario que es tu memoria. Es entonces cuando reconoces esa melancolía que es siempre sencilla, y que es a la vez una ofrenda.
También es melancolía ese sentimiento ante la lejanía de tus amigos, aquellos que un día estuvieron en tu presente, y que el devenir del tiempo ha ido a colocar en otro espacio. Tristeza que es alegría cuando rememora el recuerdo; cuando perfila tu suerte por haberlos encontrado en tu camino. La amistad que se añora, y que una vez fue vivida y sentida; así es la melancolía.
Como lo es también, ese algo que te atrapa cuando ves fotos de personas que no llegaste a conocer, a las que has querido esencialmente. En su ausencia, latía el amor que ellas sentían por ti. Sientes melancolía por tu abuela, por tus abuelos, y sabes de esa serena sonrisa que se te queda en los labios por la multitud de veces que has soñado con ellos. Tu abuelo te contaba en un sueño el desembarco de Alhucemas, historias del Marruecos español, y tu abuela, te enseñaba a curar heridas, pequeños trucos de entonces, y a bordar con hilos preciosos. Tú soñabas con ellos, y al despertar, siempre esa melancolía con cierto rastro de sonrisa. Habían venido a verte. Y hasta te parecía ver un guiño en las fotos cuando de nuevo la mirabas. Esa era tu melancolía infantil.
Y melancolía presentida por saber que un día estarás lejos, diminuta, lejos de mi protección, tú en pleno vuelo con las alas excelsas de tu libertad. Esa será la más alegre de las melancolías vividas. Se oirá su risa desde más allá del infinito, aunque llore y te eche de menos.
Y me digo a mí misma, que la melancolía es uno de los diversos tesoros que puede albergar nuestra mirada. Es esa impresión certera que te hace consciente; puedes amar y te aman.
La melancolía, es también una tristeza que se convierte en naciente esperanza. Detrás de su presencia, yo presiento siempre a la esperanza, con toda su timidez. Una intuición que nos dice que una vez puestos a resguardo los proyectos no vividos, los recuerdos almacenados, y la idea de tu ausencia; quedará espacio para vivir con alegría el porvenir que nos espera.
La melancolía, me digo, es una especie de tristeza que espera. Que sale al encuentro de un significado. Una tristeza que permanece a la espera de respuesta, de realidad, de sentido. Una melancolía en cierto modo alegre.
La melancolía, es también una tristeza que se convierte en naciente esperanza. Detrás de su presencia, yo presiento siempre a la esperanza, con toda su timidez. Una intuición que nos dice que una vez puestos a resguardo los proyectos no vividos, los recuerdos almacenados, y la idea de tu ausencia; quedará espacio para vivir con alegría el porvenir que nos espera.
La melancolía, me digo, es una especie de tristeza que espera. Que sale al encuentro de un significado. Una tristeza que permanece a la espera de respuesta, de realidad, de sentido. Una melancolía en cierto modo alegre.
_ Diminuta, mira, ya lo sé… la melancolía es una tristeza esperanzada, porque mira, sabemos que los abuelos van a volver…
Pero tú ya estás en otra cosa, me miras desde tu profundidad y me dices:
_ Mira mamá, los planetas. Yo me los imagino todos en el universo, y el universo como si estuviera en una caja cerrada que nunca se abre. El que brilla es el sol. ¿Y sabes quién cuida esa caja? Un niño. Pero nunca la abre ¿eh? Sólo la cuida.
_ Eso que imaginas es muy bonito, diminuta.
Y me pregunto, que qué nos quedará de todo esto. De la melancolía, de la esperanza, de nuestros enfados mientras estudias, y de ese niño que cuida la caja sin abrirla. Y pienso en que todas las cosas tienen un inicio y un final, esa es mi melancolía de hoy; todo, un día finaliza. Siempre recordaré con melancolía estos momentos que hoy me regalas, estos ratos en que te miro mientras haces los deberes. Sempre querré volver a ellos. Pero mientras llega esa futura melancolía, me digo que es una suerte vivir a tu lado. Te quiero, diminuta.
Y... PUES ESO...
Acercarnos al otro es siempre un misterio. Vivimos con esa necesidad, la de estar al lado de otro. El otro delimita nuestro ser. Al lado del otro reconocemos nuestra referencia como persona, aquello que nos mueve hondamente. Hablar del otro es saber de familia y amigos. Aprendemos de los otros el ritmo que nuestro movimiento tendrá en este espacio, el nuestro. Sin un otro, la vida, la nuestra, carecería de límites. El otro es el eje fundamental de ese tiempo que es sólo mío: mi tiempo creador. En él siempre, la estela de los que nos acompañaron, de los que nos acompañan, y de los que estarán por venir.
Buscamos un otro. Pero siempre lo hacemos desde el desconocimiento, desde la incertidumbre que siempre es lo no sabido. Estar al lado de los otros es siempre un regalo, y también, una incógnita. A su lado reímos, lloramos, buscamos, encontramos, discutimos y amamos. Pero no siempre es así. A veces, y sólo a veces, afortunadamente, el otro es un simple espejismo. Algo que no acierta nunca a ser real. Llegas a estar a su lado, sí, pero te sientes muy solo. Es esa soledad que se te pega al lado de quienes sólo se ven a sí mismos. Entonces, tu mirada se entristece un poco. No hay posibilidad, tus palabras caen en un saco sin fondo. Tu verdad, no tiene respuesta. Tu persona, cae en el baúl de silencio, y se queda sin sonido. Y toda palabra que se dirige a ti, no lo hace directamente. Necesita otro coro, otros aplausos. Necesita la reinvención de su presencia. Tergiversa las cosas, así que no llegas a saber muy claramente si de lo que habla es de ti. Decepción. Detrás de ese espejismo, sólo hay un interés exacto. Un objetivo que una vez reconocido como imposible, te deja de lado, te vapulea, te aísla y te deja desconcertado. A todos nos ha ocurrido alguna vez la decepción del desencuentro.
Sucede a veces, es cierto. Pero aunque ocurra, nunca es capaz de borrar la experiencia que nos ha ido regalando la vida. Esa risa que presiento cuando te oigo por teléfono, o tu llanto, la alegría que recuerda mi casa cada vez que vienes a quedarte, el dolor que compartimos detrás de una discusión insulsa, el cansancio que tu mirada viene a liquidar cuando me observa, y la perpetua resonancia en las pequeñas cosas, de ese otro que hace de mí, una presencia sonora, alegre y sentida.
Los otros son nuestro límite; son la exacta medida de nuestro ser en el tiempo. Y son también, la presencia que hace de nuestra vida una vida con sentido. Estar solo es siempre, cuanto menos, un infierno.
Los otros son nuestro límite; son la exacta medida de nuestro ser en el tiempo. Y son también, la presencia que hace de nuestra vida una vida con sentido. Estar solo es siempre, cuanto menos, un infierno.
P.D.: Me gustan vuestros mails, vuestros toques, las conversaciones por teléfono, los guiños, las miradas, las risas, las canciones que me regalais, vuestra confianza en mi criterio, los millones de besos que caben en un sms, los tirones de orejas, la carcajada, mi pequeñez a vuestro lado, vuestra presencia desinteresada en la mano de mi libertad; que va, viene y siempre os encuentra.
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