EL ALMA EN VERANO.
"Siempre me ha gustado tumbarme mirando al techo, es mi preparación para soñar, para calmarme o para decidir cualquier cosa. Y cuanto más espacio medie entre los ojos y la tapia contra la que se estrellan, más libre es el viaje del pensamiento, más sorpresas puede dar." CMG
IRES, VENIRES Y TACONES.
Así estoy; voy, vengo, vuelvo a ir, vuelvo a regresar. Regreso a mi inconstancia, a mi locura, a mi ir y venir que parece no tener mucho sentido, la verdad. No hay manera de centrarse. Mi mente bulliciosa no encuentra recodo en el camino en el que parar, sigue, sigue, sigue... La casa es una pista de aterrizaje para todo aquello que tenga a bien aterrizar. La engalanan mil libros y otras mil tazas. No hay concentración, ni rutina, ni objetivo que conquistar. Todo es un ir y venir de la presencia, de la mente, sin agarrarse a nada concreto, nada tiene tiempo en el devenir de los días. Incluso la lectura no tiene riendas marcadas. El sueño también permanece a su libre albedrío.
Sin embargo concibo este espacio de caos como un descanso, saber que nada es ni tiene que estar de ninguna manera concreta le da a mi espíritu alas, me hace tocar la libertad y me acerca poderosamenta a la verdad de mi vida. Ese fluir de las cosas tan anecdótico y aleatorio es una sabia nueva que en cierto sentido recoloca el mundo de mi mente. Sin obligaciones, la verdad se presenta nítida, grande, irrevocable y ligera. Podría volar con ella.
No saber a qué razón responden los hechos nos coloca ante la mirada de un yo que puja por salir verdadero, es una afrenta. El caos nos acerca a la Verdad. También a sus hijas directas: esas pequeñas verdades que vamos descubriendo mientras vivimos, de las que no somos del todo conscientes, y de las que no alcanzamos a ver a dónde nos pueden llevar. Hoy se muestran más rotundas que nunca:
_Creo rotundamente en Dios.
_Soy, a pesar de mis tropezones, una persona enormemente feliz.
_ Y te estoy echando mucho de meeeeeeeenos, Diminuta. _De las personas que me rodean eres la que más necesitaba: ordenada, serena, profunda, tranquila, enigmática, poderosa, alegre y coqueta... . Eres la antítesis que da sentido y verdad a mi presencia caótica, deshilvanada, vehemente, imprevisible y desconcentrada. Joooo... pero cómo te estoy echando de meeeenosss. Y una cosa, cuando veas los zapatos y la pamela que me he comprado... te vas a morirrrrrrrrrrrrr. De la envidia. Bueeeeeno, vaaaaleeee... te los dejo ponerrrrrr :)_
TE quiero DIMINUTA.
¿CÓMO ERA ENTONCES?...
Dicen que a través de la mirada de nuestros hijos recordamos nuestra infancia. Así lo creo. Al lado de Diminuta he vuelto a recordar la mía. Ahora, cuando ya está a tan sólo un paso de decirle adiós definitivamente a su infancia, también regresan algunas cosas de aquel tiempo en que yo era como ella. Si me pienso adolescente, irremediablemente me viene al recuerdo la tienda de mi madre. Me veo en ella eligiendo los colores más bonitos para hacer una labor, y recuerdo la alegría _y adicción_ que empezar una labor supone.
Hoy, cuando pienso en la adolescencia tranquila que viví, pienso que sin buscarlo, tuvo que ver en todo ello esa pequeña tienda de hilos, lanas, colores, labores que tenía mi madre. Cuando la tienda inició su andadura, yo tenía exactamente la edad de Diminuta. A partir de entonces cuántas horas le dedicamos sin que nadie nos dijera estar obligadas a nada. Ver todos esos colores era una atracción total, reconocer el tacto de cada especialidad, leer las revistas... aprender los trucos de cada labor, los giros de la lana, la sorpresa ante el desconcierto. Era dejarse arrastrar por la imaginación. Siempre salía perfecto aunque a priori estuvieras con tus manos y el hilo hecha un lío, pero si seguías las indicaciones de la revista, ¡voilá, estaba hecho!
Me quedaba absorta y maravillada ante las posibilidades que un hilo tiene en las manos de una persona. Observar, aprender y dejarse llevar fueron todo uno. Aprendí cadenetas, puntos enanos, palitos, palitos dobles, punto bobo, ochos, calados... ahora menguo aqui, aumento por allá, lo uno al cuello... Llegué a sentirme tan entretenida en aquel pequeño espacio que pensar en que tendría que idear el siguiente escaparate era todo un premio, el proyecto del mes; elegir el tema que pondríamos _ropita de bebé, labores del hogar, chaquetas, jerséis, gorros... _ las tonalidades, los complementos, hacer la prenda que expondríamos... Todo era emocionante.
Durante todo junio, a saber por qué razón, se me ha venido una y otra vez a la cabeza aquel tiempo. Veranos de labores, de piscina, y de primeras soledades. Me ha dado por pensar que quizá mi adolescencia no fue tan adolescente _dolorosa_ porque había encontrado una labor que me gustaba, que me entretenía, que me hacía sentir útil, que activaba mis neuronas... y sobretodo, que me hacía sentir mayor. Es curioso, quizá aquella pequeña tienda me salvó de los demonios que todos atravesamos cuando el mundo se presenta como un dolor. No otra cosa es adolecer. Y pienso que el dolor que fue el abandono de tu mejor amiga, el de no encontrar tu lugar exacto, el de no entender muy bien qué te pasaba... fue menos duro al lado de tantos colores, de tantas posibilidades entre las manos, y porque rodeándolo todo, estaba la presencia callada y amable de mi madre _hoy pienso que el silencio y la presencia es lo que mejor consuela al alma_ pues no sólo me enseñó lo que sé, también me dio la libertad y confianza para hacer y deshacer labores, escoger los hilos y crear espacios de colores, imaginar muestras para hacer realidad el escaparate que mi imaginación iba creando día a día. Nunca dijo no a nada.
He pensado mucho en todo esto ahora que Diminuta empieza su andadura adolescente. Ojalá pueda encontrar una labor que le aporte ese remanso de silencio en su inicio de adolescencia. Ojalá pueda ser posible para que no todo se alborote. Para que en el silencio de una labor, un cuadro o una lectura, la vida le deje el señuelo de la esperanza. No otra cosa fue aquel tiempo entre hilos y labores al lado de mi madre. Ahora, que lo miro en la distancia, lo veo totalmente claro. Fui afortunada por la esperanza que todos esos colores escondían, y por la presencia y el tiempo habitado al lado de mi madre. Puede parecer tonto, pero en realidad son esas cosas sencillas las que al final nos sostienen de pie. Qué buenos recuerdos me ha traído este verano.
NO PIERDAS NUNCA ESE HILO.
Nos hemos saltado el ritmo, ya no vamos con la sintonía del mundo. Nuestro tiempo es lento, es de ganchillo e hilos. Como tú misma dices, estamos metidas en la labores de los antiguos. Incluso a mis dedos les cuesta hoy escribir al ritmo que tenían memorizado porque se sienten en otro tiempo; tan pegado tienen hoy el paso del hilo y el giro de su ganchillo.
Nos hemos saltado la rutina de los días. Hemos dormido a pierna suelta, nos hemos levantado, desayunado y recogido el pelo en una coleta; caminamos descalzas por la casa con la camisola arrugada, el gesto fresco y hemos decidido que el tiempo le pertenece a este nuevo ritmo. Yo me hago café, tú preparas tus cereales. Entre pequeños gestos y miradas acompasadas, esa verdad que siempre se esconde en el alma se ha negado a ser asaltada por la rapidez de las idas y venidas. Ha sido precisamente ella, el alma, la que se ha impuesto. Tiempo de pausa. Tú enciendes la radio. Hoy toca enhebrar los hilos antiguos, buscar los nuevos y reconocer cada uno de los cabos sueltos que se olvidaron por el sendero de la prisa, la eficacia y la rentabilidad. Estos días todo puede esperar. Así de simple.
Nada de lo que es importante será tenido en cuenta en este tiempo de exilio. Eso no le resta importancia, pero la necesidad apremia. Y la necesidad va por otros derroteros. Nos hemos bajado del mundo; bueno, más bien yo he bajado, a ella la he agarrado de la mano y la he obligado a bajar conmigo. No lo ha hecho del todo conforme, pero ha comprendido que no le queda otra opción más que acompañarme en una nueva rutina que a priori no ha buscado conscientemente. Lo cierto es que tampoco yo se la he explicado, pero ahí estamos. No hay ordenador, teléfonos, televisión ni videojuegos. Se acabó la desconexión conectada. Hoy, comeremos lo que salga. Nada está previsto. Y... voilá!!!! La magia no se ha hecho esperar.
Todo ha cambiado; el escenario y las circunstancias. No hay quejas, riñas, idas, venidas, sube, baja, tira, afloja, ahora corre... ahora más, más deprisa. No, ya no hay carreras. Lo que importa ya no es tan necesario. Se impone la calma; era eso. Era eso lo que más necesitábamos, la calma. Ya no hay lugar para los malentendidos, contradicciones y rechazos.
Ahora es el tiempo de lo lento, de lo aparentemente intranscendente: tiempo de labores de ganchillo al son de la conversación, de alguna que otra risa, y de mucha concentración. Se concentra el alma al rozar el hilo, en cada giro del ganchillo, en cada palito y cadeneta, al ritmo de la cadencia con que el alma se embelesa mirando cómo va el hilo. Entonces, ¡cómo viaja el alma! Era eso lo que nos faltaba; la calma, la pausa acompañada de quien concentrado, hila hilos y habla.
_Tres cadenetas, cuatro palitos, le doy la vuelta... _ Ahí estás, pensando en alto. Y luego paras, y te quedas pensando, y vuelves a hablar _ Oye mamá, ¿y a tí también te enseñaba así la abuela?... Ay, mira, ya se ve el dibujo... sí mamá, ya se ve, y la flor...Y oye, y si ponemos una tienda como la que dices que tenía la abuela, ¿eh?, sí, sí, sí, porfa... este verano. Y hacemos muchas labores._ Me explicas tus proyectos, tus ilusiones y tus amores mientras charlas y yo me dejo contagiar por todos los pequeños tesoros de los que está hecha tu vida. Me haga consciente de cada una de tus necesidades no intuídas, de tus querencias y carencias; de los deseos de tu mirada no tan niña, pero aún niña. _¡Sería genial!, ¿verdad? _ te contesto. Y al son de los hilos nos dejamos llevar a mundos inventados, aprendemos a sacar la cosas del ahora, las de adentro y las de fuera; aprendemos a parar el tiempo, para que sea nuestro, sólo nuestro. Porque necesitamos esa pertenencia genuina para poder respirar acompasadamente, sin retortijones, sin retorcimientos. Necesitamos respirar hondamente, ser un yo concreto, preciso. Un yo-verdad que se perfila y descubre mientras vas de hilo en hilo, de pensamiento en pensamiento, de sueño en sueño...
Comemos alegremente y regresamos a la sala. Toca un rato de lectura, también de mirar el techo, así, tal como estás, ausente y patas arriba; observo sin que te des cuenta todos tus movimientos, pues me piensas concentrada totalmente en mis hilos, pero no, mi pensamiento está en ti. La labor sale mágicamente sola. Luego nos animamos a dar un paseo, nos hemos acordado de comprar una lechuga y el pan, también unos hilos de colores y hasta nos hemos regalado unos cuadernos de dibujo y unos bolígrafos de colores insólitos.
Han sido horas de desconexión en las que invisiblemente se han ido cosiendo los remiendos deshilachados del alma, de cada una de nuestras almas. ¡Qué necesaria es esa pausa que parece no tener objeto! Vuela el alma, vuela, en esa nada hecha giros en la mirada, seas alma adulta o niña. En ese ir y venir de los hilos encontrarás un horizonte qu eviene del pasado, que va hacia el futuro, un alma que se reinventa. Calma. Es el remiendo de lo olvidado, de los agujeros por los que se escapaba el tiempo sin apenas percibir que era por ahí por donde se estaba perdiendo el propio sonido.
Queda aún mucho camino por recorrer, quedarán aún muchos remiendos por descubrir, tendrás que aprender a hilar sola... porque no se puede vivir con trozos de alma, con el alma rota en pedazos inconexos. Los adolescentes habitan un alma así, entre rota y soberbia; sin la cohesión del equilibrio. Y no hay proyecto que se salve sin él. Algo me susurraba que en tu pequeña madurez, tú, estabas como así... perdiendo el hilo. Porque ya no eres tan niña, y porque has de encontrar en tu tiempo tus propios hilos. Ahora empiezas. Ahora ya sé que era verdad lo que tan solo parecía intuición, esa necesidad tuya de esta soledad tuya y mía, única, que el año nos había robado. Mi cansancio, mis carreras y mi día a día no te oían. Lo siento, Diminuta, lo siento mucho.
_Nuestros hijos llevan en su alma los remiendos no atendidos de la nuestra. Nuestra imperfección les construye. Habremos de ser cautos para saber frenar el ritmo de los días y descubrir qué hilos hemos perdido, qué hilo no les hemos acercado y encontrarlo, sujetar con ellos firme la esperanza, la seguridad, la sonrisa..._ Pienso y y me digo mientras los hilos se mueven entre mis manos
Te quiero Diminuta; no me juzgues nunca por los descosidos de mi imperfección, si no por los hilos que busqué en la esperanza de poder remendar aquello que no me salió bien. Y si algo que a tí no te salió, buscaremos el hilo perdido. No lo dudes. En mi mano siempre habrá un hilo que te espera, un hilo que nunca será invisible. Será como el que has descubierto estos días; alegre, chispeante e irrompible. No pierdas nunca ese hilo.
PAUSA
Imaginación. Yo también la quise, en la mirada, en todo aquello que me dolía, en el segundo de mi tiempo en que la caída ya se percibía inevitable. Hubiera querido imaginar que todo lo que se intuía era una invención, que nada era real, que lo que se le estaba imponiendo a mi alma al final no sucedería. Pero sucedió. Y lo hizo con estrépito emocional, a pesar de ese semblante tranquilo, suave y silencioso. El dolor siempre es un contenido íntimo. Entonces busqué otra melodía en la que entretenerme, pero mi canción seguía viva ahí; tremendamente sonora y real. La barca que nunca naufraga no habría de ser la mía. Yo era un Titanic lleno de ilusión, magnanimidad, sentimiento y presencia de futuro. El futuro nunca llegó. La imaginación hubiera sido la posibilidad de poder volar lejos de ese tiempo propio, de los segundos que componían un todo de dolor. Pero la vida es así; y ese todo no podía ser apartado. Terca, inteligente y misteriosa, la vida se impuso con su realidad. No me concedió ni un instante de evasión, esa vía de escape que a ratos sería consuelo; la imaginación.
Tiempo. Segundos, minutos horas y días. Hoy ha regresado. Me siento a reposar las heridas y a mecerme en mi reencuentro. Estoy a mil estaciones de distancia de aquella otra que me vio partir. Me pesan aún los que se quedaron atrás, lo que se hundió con estruendo; pero mi temperamento no me permite quedarme a un lado, parar, apartarme o lamentarme. Acepto que cada cual es responsable del cada qué de su tiempo. Y el mío... el mío ha devenido irremediablemente hasta aquí. Y hoy por fin, ya puedo imaginar. Proyectar, Saldar mis deudas.
Qué incomprensible es la vida, me digo, y en ciertos segundos, incluso dudo de mi presencia. Pero es lo que hay. No me voy a engañar. Pongo y propongo todo mi empeño en nuevos proyectos. Mientras, aprovecho para que el viento de hoy me despeine un rato, me dé en toda la cara y me haga sonreir mientras invento lo que aún está por llegar. Hoy sí; imaginación. Y futuro; si Dios quiere.
Qué incomprensible es la vida, me digo, y en ciertos segundos, incluso dudo de mi presencia. Pero es lo que hay. No me voy a engañar. Pongo y propongo todo mi empeño en nuevos proyectos. Mientras, aprovecho para que el viento de hoy me despeine un rato, me dé en toda la cara y me haga sonreir mientras invento lo que aún está por llegar. Hoy sí; imaginación. Y futuro; si Dios quiere.
DE NUECES Y RUIDO.
Observas desde tu sillón el ruido de las palabras. Recuerdas algún que otro momento de bullicio en el que no sabes muy bien qué parte eras o si tan siquiera eras parte _es sabia la intuición_. Ahora empiezas a discernir claramente qué era carcasa y qué era interior. Lleva su tiempo saber qué es lo que en verdad mueve a la palabra, incluso uno mismo a veces no es capaz de definir su propio texto. Lo único que te queda claro es la necesidad de sentido, la sed de significado que llevas, la necesidad de encontrar un buen interlocutor. Han sido pocas las nueces a pesar del ruido. Sólo el tiempo llega a descubrir la nuez cuyo ruido era el esperado, aunque esto entonces ni lo imaginases. Su ruido a veces imperceptible, ha sido una constante. Siento una enorme gratitud por esas nueces que nunca se fueron _literarias, virtuales o reales_.
JUNIO.
Entramos en el tiempo en que todo queda en entredicho. Uno se hace más consciente del escepticismo, de la relatividad, de la no consistencia de lo vivido, lo aprendido, incluso lo ya destartalado. No me cabe duda alguna, la educación de nuestros hijos es lo que más horas ha ocupado nuestro pensamiento, nuestro tiempo y cada hora. La gran esperanza que ellos son y que no siempre el sistema es capaz de detectar, diagnosticar ni comprender. La lucha por su expresión es nuestra premisa, también la motivación para no dejarse vencer ante los desafíos. Y mucho menos ante los errores, que lejos de anularnos, pueden llegar ser tremendamente enriquecedores. Aún así, el camino es duro, largo y a veces totalmente un desatino. Eso sí, en ningún momento ha perdido su riqueza. Creatividad, pasión y ganas de descubrir el mundo; ojalá no se pierdan nunca. Ojalá.
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